Literatura infantil

En esta entrevista conversamos con Marcela Carranza sobre varios aspectos de la literatura infantil. Ella es maestra, licenciada en Letras Modernas (Universidad Nacional de Córdoba), máster en Libros y Literatura para Niños (Universidad Autónoma de Barcelona) y co-coordinadora de la Biblioteca Infantil y Juvenil “Juanito Laguna”, en la Ciudad de Buenos Aires.


A modo de introducción y para empezar a empaparnos del tema, ¿cómo describirías el mundo literario infantil actual?

Sólo me atrevo a decir lo que percibo como lectora y en mi contacto diario con mediadores, y cierto vínculo con el campo. Yo siento (espero equivocarme, pero me parece que es así) que estamos viviendo un momento de retroceso con respecto a la libertad ganada años anteriores en el campo de los libros infantiles.

En los 60 y principios de los 70, María Elena Walsh, Javier Villafañe, Laura Devetach, Edith Vera, Beatriz Ferro; colecciones como Cuentos de Polidoro, editores como Boris Spivacow, Daniel Divinsky; ilustradores como Ayax Barnes, Carlos Nine, Tabaré, Napoleón, también Oski, Sábat… bueno, unos monstruos en definitiva, pensaron la literatura para niños como arte, pensaron a los niños como lectores creativos, lectores inteligentes, y no se les cruzaba por la cabeza que los libros infantiles eran un vehículo para transmitir moralejas, o la versión siglo XXI de la moralina que hoy se denomina: “Transmisión de valores”. Les importaba la belleza, les importaba la inteligencia en sus textos, en sus dibujos, en sus libros. Les importaba, en palabras de Gianni Rodari: “El niño que juega, no el niño alumno”.

¿En esa época no había también autores que buscaban más bien dejar alguna moraleja?

De hecho, también existía Constancio Vigil y otra gente que pensaba que había que dejarle enseñanzas a los niños a través de los cuentos. Libros muy aburridos con títulos tontos. Los libros para niños en Argentina ganaron en libertad. El humor cobró muchísimo protagonismo. Un protagonismo que ya tenía en Walsh o en Villafañe. Y vinieron los autores que “coparon” el campo a partir de la restitución de la democracia: Graciela Montes, Gustavo Roldán, Ricardo Mariño, Ema Wolf, Elsa Bornemann, Graciela Cabal… Cada uno con su estilo, con su propuesta, vino a decir que los libros para niños servían sólo para ser leídos y para nada más.

Es decir, un retroceso importante… 

Marcela Carranza
Marcela Carranza

Pienso que ha habido un retroceso en esa concepción por parte de diferentes agentes del campo: Editores, críticos, especialistas, periodistas, también escritores e ilustradores (no todos, por supuesto) que piensan que los libros para niños deben adecuarse a las ideas imperantes del momento. Que deben abordar determinadas temáticas (a modo de obligación), que son un dispositivo para hablar con los niños de cosas importantes, indispensables para su crecimiento como futuros ciudadanos o personas bienpensantes. Una cosa muy victoriana, muy moralista y muy molesta para el arte (y para los lectores).

Toda esta cuestión moral se cruza con intereses de mercado, con atender a la demanda masiva, con no perturbar a los adultos mediadores con propuestas arriesgadas que puedan poner en peligro las ventas y cosas así. Sintetizaría todo esto en una falta de libertad y una falta de juego. Hay demasiada gente “seria” ocupándose de los libros para niños. Quizá esto se deba a que ha dejado de ser una literatura de los márgenes, para convertirse en un buen negocio. Quizá, no estoy segura. Y de los negocios, ya se sabe, se ocupa la gente seria.

¿Ese mundo de la literatura infantil tiene algo para decirle al mundo adulto, si existiera tal cosa?

Yo creo que los libros, pero no sólo, la cultura infantil: Música, cine, ilustración, juguetes… tienen mucho para decirnos a los adultos. De hecho los adultos, si nos dejamos, disfrutamos enormemente de esos objetos dedicados a los niños. Sin embargo hay adultos que le han perdido el respeto a los objetos culturales para niños. Quizá porque sólo conocen un arte para la infancia muy estereotipado, realmente pobre que no dice nada al adulto (habría que preguntarse si dice algo a los niños).

Es todo un aprendizaje que debe hacer el adulto el de valorar y detenerse a observar y descubrir todo lo que un libro, una película, un tema musical infantil puede decirle a él (al adulto), incluso más allá de su rol como maestro, padre, abuelo, etc. Para ello, debe conocer más allá de lo que aparece en primera fila en las vidrieras y abrirse como lector, como espectador del arte para la infancia.

¿Cómo sería salir de ese estereotipo?

En los libros infantiles, en las películas, en los dibujos animados, por ejemplo, suelen suceder cosas muy experimentales, muy rupturistas, cosas que los creadores se permiten porque están trabajando para niños. Es lo que le pasó a Carroll, quien hubiera sido incapaz, probablemente, de escribir un libro tan original y transgresor si hubiera pensado en un público adulto.

Marcela Carranza en el programa Caminos de Tiza (captura de pantalla de YouTube.)
Marcela Carranza en el programa Caminos de Tiza (captura de pantalla de YouTube.)

¿Pensás que hay algún tipo de rechazo de cierto sector de la sociedad hacia los productos culturales infantiles por considerarlos, precisamente, “infantiles”, mientras que historias similares, al cambiar de soporte y lenguaje —películas, videoclips e incluso recitales o intervenciones artísticas— son aprobadas y disfrutadas sin mayores cuestionamientos?

No creo que se trate de rechazo. Más bien hay (generalizando) una tendencia a la subestimación de los productos culturales infantiles. Y esto sucede porque se subestima al destinatario primero, claro.

Los grandes escritores para niños son aquellos que reconocen en la infancia un momento de enormes posibilidades (incluso algunas de ellas las vamos perdiendo, lamentablemente al crecer, como son jugar e imaginar). Lewis Carroll evidentemente no pensaba que un niño o una niña pequeña tenía problemas para entender libros muy complejos y locos como los que él escribía. Al contrario, posiblemente pensaba que los entendería mucho mejor que un adulto. Lo cual, a mi parecer, es cierto (Al menos para la mayoría de los adultos).

Contanos cuándo empezaste a interesarte por la literatura para niños.

Supongo que cuando empecé a leer y tuve a mi alcance la posibilidad de ensoñar con los libros. Quizá (no lo tengo claro) mi deseo es que muchos niños tengan esa posibilidad que yo tuve, la de vivir intensamente la lectura de un libro. El poder de atravesar ventanas hacia otros mundos posibles. No quedarse sólo con este mundo. No quedarse sólo con uno mismo. Vivir muchas vidas, vivir muchos mundos. Una vida, un mundo, es poco, no alcanza.

¿Cómo definirías la literatura o con qué definición coqueteás? ¿Estás de acuerdo con aquellas personas que la clasifican tajantemente en buena y mala literatura? ¿Por qué?

Yo no sé definir a la literatura. No porque no la conozca, sino porque no creo mayormente en las definiciones, al menos para las cosas que realmente me importan. Pero tratando de aproximarme, diría que es la posibilidad que tenemos de salirnos de nosotros mismos, de ir más allá de lo pautado, de lo que heredamos: Tiene mucho de aventura y riesgo.

Es peligrosa, es jodida la literatura. No te hace más feliz, no te resuelve absolutamente nada. Pero no te deja en paz.

Es peligrosa, es jodida la literatura. No te hace más feliz, no te resuelve absolutamente nada. Pero no te deja en paz. Una vez que te picó el bicho de la literatura, ya no la podés dejar. Es adictiva y también hay mucho de evasión. Pero a la vez, es ese irte para volver y cuando volvés, ya no sos el mismo, y el mundo tampoco. La lectura suele gestar gente inadaptada.

¿Gente inadaptada en qué sentido?

Algunos lo disimulan mejor que otros, se les nota menos, pero si los mirás bien, les ves el camuflaje. Son raritos, no se acomodan bien a este mundo, porque han conocido otros mundos y ya no pueden conformarse con éste. Para mí, si te pasa eso que traté de describir, es buena literatura. Pero lo que puede ser buena literatura para alguien, puede no serlo para otro, ¿no?

¿Cómo ves los procesos por los cuales hoy se produce la transmisión cultural en la Argentina?

No sé sobre el tema. Sólo puedo hablar del maestro y la transmisión cultural. Como soy docente, para mí es muy importante pensar que el maestro, el profesor, es un transmisor cultural. La palabra transmisor es medio fea, pero bueno. Estamos ahí para aproximar, para tentar con la cultura a las nuevas generaciones. Pero no como deber u obligación, no como una ley que debe cumplirse (aunque el derecho existe, claro). Bueno, los libros, las películas, los cuadros, la música están ahí. Existen. Son objetos que invitan a vivir la belleza (No me pidas que defina “la belleza”). Todo el mundo tiene derecho a conocerlos, a saber que eso existe y que puede ayudarlos a vivir, no sé cómo decirlo… ¿Más sensiblemente?

Si Mozart existe y nadie lo escucha, es un crimen, y que sólo lo escuchen unos pocos elegidos, también. Es el niño o el joven el que debe decidir si le interesa o no conocer la música de Mozart, pero tiene derecho a poder tomar esa decisión. Lo mismo se aplica a “Donde viven los monstruos” de Maurice Sendak; a “El viaje de Chihiro” de Miyazaki o  “El mono Liso” de María Elena Walsh.

El viaje de Chihiro
El viaje de Chihiro

¿Podría decirse que existe una curiosa capacidad de la escuela para producirle a un buen porcentaje de los estudiantes una relación de terror hacia la lectura? ¿Qué falla en la apropiación de la lectura y de la escritura o por qué falla?

Para mí el problema está en apartarse de lo que somos antes de que la sociedad escuela, familia, etc., empiecen a operar en nosotros bloqueando y anulando cosas maravillosas que traemos de la infancia. Que perdamos la capacidad de ensoñar, de imaginar no es algo que necesariamente tenga que suceder cuando crecés. Es algo que sucede porque la escuela, la familia… trabajan intensamente en ese sentido, para que eso suceda. Creo que la escuela a veces genera una relación de terror o de tedio, no sólo con la lectura, también con el aprendizaje, con el conocimiento. Cuando, extrañamente, a los niños les encanta que les lean historias, les encantan los poemas, las canciones… Y también les encanta aprender, descubrir, crear, explorar, adivinar. Las personas, de niños, somos maravillosamente curiosas e inquietas ¿Por qué nos convertimos en burócratas? La lógica de la escuela es la de una sociedad mercantilista. Todo debe resultar útil. Sin embargo, las cosas más profundas, más significativas, no tienen que ver con la utilidad.

¿Por ejemplo?

Las personas que descubren nuevas teorías científicas, incluso, no suelen estar pensando en aplicaciones prácticas inmediatas. El conocimiento, la búsqueda del conocimiento, la creación (no la repetición, el aplicacionismo de lo ya dado) son tareas apasionadas, tareas lúdicas, tareas que podríamos llamar “inútiles”. Las mejores cosas suceden ahí. La tendencia de las personas (eso se ve en los niños muy pequeños) es a crear, a explorar, a descubrir. No somos seres felices en el acatamiento. “Realidad y Juego” de Winnicott es un buen libro para pensar esto. Hay poco diálogo, poca escucha, poca posibilidad de creación para los niños y jóvenes lectores en la escuela. Y el lector es siempre un creador.

La narradora y profesora colombiana Beatriz Helena Robledo dice que “La literatura está más cerca de la vida que de la academia” ¿Qué te parece esta afirmación?

Quizá el problema sea que la Academia esté alejada de la vida. A la escuela le vendría muy bien aceptar, incorporar, dejarse inundar por el pensamiento poético del arte. Se lo está perdiendo.

¿Actualmente ocupa un espacio relevante el género de “terror”? ¿Qué características presenta?

Nunca lo supe bien. Es como un género que funciona en la escuela, en las librerías, pero no existe (que yo sepa) en las teorías literarias. Se aproxima al gótico, pero no siempre.

María Negroni es una excelente escritora argentina que está pensando el gótico desde lugares muy interesantes. Es un género muchas veces desvalorizado, quizá porque llegó a estereotiparse tanto en los libros como en el cine. También Cortázar habla en sus ensayos sobre el gótico, en la literatura y en el cine.

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Fuente: Patricia Calvo Bartolomé

Hace casi veinte años, Tomás Eloy Martínez decía que “El periodista es un lector de la realidad social y un narrador cuyas palabras van a alimentar de una u otra forma la reflexión social colectiva” ¿Cómo ves a los medios de comunicación desde esta perspectiva y al uso que hacen de la palabra?

Hace años que he dejado de interesarme por los medios de comunicación. No sé si eso es bueno o es malo. Supongo que es malo. Pero es más fuerte que yo.

¿Qué cosas leés en este momento? ¿Alguna serie en Netflix que sigas? Películas, revistas o vaya a saber qué más… La pregunta es sobre algunos de tus consumos culturales.

A veces me apasiono con un libro. Cuando ese libro termina, me digo “¿Y ahora qué hago con mi vida?” o algo así. Una amiga me regaló un librito muy esclarecedor, lo leí de un tirón: “La utilidad de lo inútil” de Nuccio Ordine. Es como un ensayo que reúne el pensamiento de diversos filósofos de la historia en relación al arte, la cultura y su lugar en una sociedad signada por el utilitarismo. Leí la novela póstuma de Daniel Moyano, “Dónde estás con tus ojos celestes”. Estoy leyendo las novelas de Flannery O’Connor, pero sus cuentos me atraparon mucho más. Tengo también a medio leer “La noche tiene mil ojos” de María Negroni y voy internándome de a poco en el libro de “Oulipo”, que salió editado hace poquito. Tengo muchos libros esperándome, pero soy muy caótica para leer.

Parece que leés varias cosas en simultáneo…

A veces hago zapping con los libros. O leo varios a la vez: Uno en la cama, otro en los viajes (cuando logro sentarme), otro en el baño y así. Soy un poco desastrosa. Pero a veces un libro me cautiva y entonces (como con los juguetes de un niño), desplaza a todos los demás y me sumerjo y ya no puedo leer otra cosa. En este momento eso no me está pasando.

¿Y sobre Netflix?

No veo series de Netflix. Aunque llegué a ver dos con mi hijo, pero era para compartir algo con él (tiene 12 años). Aunque tengo que reconocer que la serie de “Sherlock Holmes” me atrapó.

¿Sos de ir al cine o al teatro?

Vi dos obras de teatro del mismo director recientemente que me gustaron. Pero voy poco al teatro: “Emilia” y “La omisión de la familia Coleman” de Claudio Tolcachir.

Bueno a “Emilia”, en realidad, la vi el año pasado. También fui a ver “Terrenal” de Mauricio Kartun. Me atrajo por la cuestión del anarquismo, pero me defraudó. A esa no la recomiendo.

Cine, tengo épocas. A veces veo mucho. Suelo sacar de un videoclub (uno de los pocos sobrevivientes) donde hay películas muy buenas y muchas viejas. Me gusta volver a películas que vi de joven, de los 80 y de los 90. “Memorias de Antonia” es una de mis preferidas. “Brazil”, “El laberinto del fauno”… Las he visto muchas veces. Casi no retengo el nombre de directores ni de actores. Sólo las veo. Me gustan o no me gustan. Actúo muy diferente que con los libros. Como con más ingenuidad. Me gusta el cine. Mucho.

El filósofo Pierre Díaz Pomar, siguiendo las líneas de investigación de Derrida y de Martín-Barbero, habla de que “La gran característica de las sociedades antiguas del mundo occidental es la oralidad y es algo que en Latinoamérica se sigue encontrando”. Piensa también en las telenovelas y en que el libro impreso no es la única forma de texto, sino que también son textos para ser leídos las calles, las artesanías, los festivales, la arquitectura, etc. ¿Qué opinás?

Sí, prácticamente ya casi nadie sostiene que sólo se lee la letra. Incluso a los futuros maestros se les enseña que la lectura trasciende a la decodificación de lo escrito. Yo no podría trabajar con niños si pensaran que sólo se leen las letras. Los niños pequeños son excelentes lectores de imágenes, por ejemplo. Un bebé de menos de un año lee imágenes. Y hay continuidad entre esa lectura de las imágenes y la lectura de las palabras. Sin embargo hay gente, incluso dentro del ámbito pedagógico, que pareciera no percibir eso. En el currículum de nivel inicial, por ejemplo, se sugiere a los maestros no mostrar las ilustraciones a los niños hasta tanto se haya terminado de leer el libro (para no quitarles la posibilidad de imaginar por ellos mismos, argumentan). Algo totalmente absurdo e inaplicable, pero lo sostienen desde el año 1999 y lo acaban de reafirmar en una reforma de este año en el nivel maternal.

¿Creés que es posible que la opinión pública empiece a mirar con mayor amplitud las experiencias de lectura?

Es cierto que hay, tradicionalmente, una sobrevaloración de la letra por sobre la imagen. Como que leer imagen es cosa de niños pequeños, poca cosa en definitiva (en los libros, al menos).

Están surgiendo colecciones y editoriales especializadas en libros ilustrados también para adultos. La historieta, las novelas gráficas han cambiado su estatuto social (incluso de a poco también en la escuela). Sí, eso está cambiando, parece.

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