Pagar por terror

En 2015, en una entrevista, Stephen King cuenta cómo en sus giras las personas se le acercan para decirle cuánto las asustó y para pedirle un abrazo.

En 2009, La Biblioteca del Congreso de EE.UU. selecciona al videoclip “Thriller” de Michael Jackson para ser conservado en el Registro Nacional de Cine, siendo el primer y único video musical en lograrlo. En 1984 ese video había sido electo como favorito de los espectadores en los premios de MTV.

En 1969, los miembros de Black Sabbath toman ese nombre por una película de terror italiana que se proyectaba cerca de su sala de ensayo, a la vez que se cuestionan por qué tanta gente paga para asustarse viendo esas películas.

La bruja de Blair
La bruja de Blair

Podríamos volver más atrás en el tiempo, pero creo que no haría falta, el punto se entiende: A la gente le gusta el terror, asustarse, sentir palpitaciones. Puede ser en la gran pantalla, desde las adaptaciones de El Fantasma de la Ópera, Drácula y Frankenstein, hasta las nuevas películas del formato “Found Footage” pasando por las películas slasher del setenta y deñ ochenta; en la pantalla chica, desde La Dimensión Desconocida y Alfred Hitchcock Presenta hasta The Walking Dead, The Strain o Stranger Things.

En la literatura, tenemos al ya nombrado King, a H.P. Lovecraft, Edgar Allan Poe, y si nos vamos un poco más atrás, algunos cuentos clásicos como Caperucita o Hansel y Gretel tienen elementos o motivos no del todo adecuados para niños en la figura del lobo o la bruja: La amenaza de lo desconocido y el peligro de muerte (si no se siguen las reglas).

Hoy en día el terror es un género más entre la aventura, el policial, la acción, la ciencia ficción, el romance y la comedia, pero se destaca junto al último por su supervivencia a través del tiempo; donde los otros son más o menos hijos de la modernidad, estos forman más bien parte del folklore popular: No podemos evitar reírnos, ni tener miedo.

Los monstruos más reconocidos —el vampiro, las brujas, los hombres lobos, los zombies—, cada uno tiene un origen en creencias, tanto de Europa como de otras partes del mundo, tan remotas en el tiempo como las antiguas Grecia y Mesopotamia.

“Folklore” significa literalmente “saber popular”. Representa el conocimiento de la vida cotidiana que se transmitía oralmente y era la mayor fuente de sabiduría y entendimiento de la realidad, antes de la llegada de la ciencia y la alfabetización. Los mitos y leyendas servían para explicar parte de lo inexplicable y desconocido del mundo, y en algunos casos esas historias derivaron en religiones. Las otras historias, las que eran para entretener, eran simplemente eso, cuentos para pasar el rato pero que no explicaban cuestiones muy esenciales de la vida. Pero entonces, ¿a qué clase de gente se le podría ocurrir dedicar tiempo y aliento en transmitir historias sobre seres sobrenaturales? ¿Y quién querría escucharlas?

Muchos de nosotros, aparentemente.

Una referencia más a Stephen King, a modo de cierre, con algunos spoilers incluidos. En su novela It (“Eso”), el pueblo de Derry, Maine está habitado, casi poseído, por una entidad que aterrizó ahí —literalmente— en un tiempo anterior a la llegada de la civilización. No tiene forma física que la mente humana pueda identificar sin ser destruida, pero puede tomar distintas formas cuando sale a cazar para alimentarse (de niños, claro). La forma en sí depende de la víctima, quien se enfrenta al monstruo que más lo aterroriza.

Esa es para mí la definición que más se acerca a la naturaleza del terror: Prehistórica y cambiante, universal pero distinta para cada uno de nosotros.

Y vos, ¿a qué monstruo le tenés terror?

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