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Las personas, por lo general, tenemos una capacidad innata para elevar a la enésima potencia nuestro talento de ser unos auténticos soretes. Sí, me incluyo y los incluyo a ustedes también, qué tanto.

Hay forros de lo más variados, cada uno con su especialidad, claro está, según el momento y el espacio que ocupen. En su sonrisa orgullosa, de cada diente, les cuelgan placas con los diversos títulos que han ganado a lo largo de su vida y se encargan de darles brillo con la saliva de cada pelotudez que osan decir. Pero, si sigo con esta línea, ya sabemos, corro el peligro de no terminar más y tampoco quiero dedicarles más líneas de las que merecen. Así que dejemos de dar vueltas y vamos al grano con el tema que elegí para arrancar mi primera columna en este pasquín cibernético.

Hoy voy a quejarme de un espécimen insoportable que, seguramente, ya conocen y les tocó padecer o, lo que es peor, no sólo van a leer una queja, sino que van a leer su propia descripción, en caso de que ustedes sean parte de este grupo de mierda del que pretendo hablar. Me estoy refiriendo a los hijos de mil puta que te cagan, peso por peso, el valor de la entrada que compraste para asistir a un recital, obra de teatro, cine, etcétera.

Resulta que entregaste las gambas para comprar tu entrada para, ponele, una obra de teatro. Descubrís que los asientos son una cagada, así que ya tu ánimo empezó a decaer. Te consolás con que, por lo menos, va a valer la pena el dolor de espalda que te vas a llevar de souvenir, aunque debas aceptar con resignación y una resiliencia que desconocías que, con el precio que le pusieron a la fila 50, una cama de clavos es más cómoda.

Pero todavía no empezó lo peor. Están todos sentados y el sonidista ya pasó el audio que te pide que no saques fotos y silencies tu celular. Lo hiciste de antemano, porque sólo necesitás dos dedos de frente para comprenderlo. No parece que sea tan difícil, es una pizca de sentido común nomás… Iluso.

El de adelante sacó su esmartfon, que tiene el tamaño de un televisor de 14 pulgadas y, por si fuera poco, también tiene una funda con tapa con forma de oso o de algún dibujo gigante. La función está por empezar y vos, boludo optimista, pensás que ya lo va a guardar, que sólo quiere un recuerdo con el loro parlanchín que tiene de acompañante, pero no. El primer actor hace su aparición y el tipo tiene el teléfono en alto. En resumidas cuentas, tenés que ver la primera aparición del actor a través de esa pantalla de mierda ¡Pero si vos pagaste para verlo en vivo!

Estás concentrado pensando en cómo pedirle que lo guarde, cuando el forro de atrás toc, toc… toc… Sí, te patea la silla. Con cada patadita, sentís que te patea las pelotas o las tetas, según sea el caso. La cuestión es que te cagó el momento más emotivo de la función. Te das vuelta, lo mirás, te mira, le mandás un mensaje fulminante y todo parece ordenarse. No era tan pelotudo después de todo.

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“Ahora sí”, pensás para tus adentros. Quizás te hayas perdido el momento más emotivo, pero no el más dramático. Así que te acomodás como podés en esa silla de mierda y cuando por fin lográs que las vértebras más o menos se adapten al respaldo, la de al lado empieza a revolver la cartera haciendo sonar cuanto cacharro tiene ahí adentro, hasta que saca un paquete de pastillas. “Por fin”, decís, pero no, ningún fin, porque recién comienza: La tipa pela despacito, despacito el caramelo. La muy obtusa cree que así molesta menos. No, señora, jode, jode mucho más y tiene suerte de que yo no cargue siempre con mi tenedor multiusos en el bolso. Por fin saca el caramelo de ese envoltorio y no, tampoco es el fin, porque empieza a hacer un bollito con el papelito, lentamente, como si amasara un moco en la soledad de su hogar, con todo el tiempo y anonimato del mundo ¡Pero, dale, mamerta, que no me dejás escuchar una mierda!

Te dije que recién empezaba, ¿no? Bueno, porque del otro lado tenés a la parejita “Yo lo comento todo” de turno. “Ay, tenía que ser Fulano el director, qué maravilla”; “¿Escuchaste ese diálogo? Está haciendo referencia a la obra de Lorca”; “No estoy de acuerdo con la lectura social que esta escena hace de la clase trabajadora” y la mar en coche. Señores intelectualoides, quizás yo no sea una persona muy culta y a mi edad debería serlo, pero, si me permiten, sus opiniones intercaladas con los diálogos y las didascalias me la soban ¿No pueden charlarlo después?

Y acá lo doy por finalizado, porque exploto de la bronca otra vez. Eso sí, tengan en cuenta que estos sujetos sólo son escasos ejemplos, hay más, muchos más, y tienen guita para engrosar la taquilla. Y, lo que es peor, dejan descendencia. Ya los voy a agarrar.

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