objetos perdidos cap-4

Definitivamente era una situación incómoda, en todo sentido. Los pies y las manos atadas, las maderas duras de su “camilla”, el sol dándole en la cara, esa herida en su pierna, todo eso era incómodo, pero no se comparaba con la incertidumbre de su situación, no saber quiénes eran estas personas o qué querrían hacer con él. “Todos entran con los pies para adelante… algunos también se van así”. Eso le había dicho el chico que lo llevaba ¿Qué quiso decir? ¿Había sido una amenaza?

Tenía mucho miedo, esa era la verdad. Miedo por lo que podrían pensar sus padres, sus amigos, por lo que podría pasarle… Quería poder esperanzarse por volver pronto, pero el día se acortaba y las acciones de su extraño cazador no daban señal de que, una vez en su extraña aldea, le hicieran algunas preguntas, le dieran algo de comer y después lo dejaran irse de vuelta. “Tengo que hacer algo al respecto”, pensó. No podía hacer mucho, pero hizo lo único que podía con la esperanza de un resultado favorable.

Con toda la fuerza que pudo reunir, se incorporó y echó su cuerpo para adelante, mientras con las piernas también intentaba hacer fuerza, todo para poder salir de ese carrito. La pendiente y la inercia lo ayudaron, y pegando un pequeño salto, pudo quedar parado, aunque inmediatamente empezó a perder el equilibrio.

¡HEY!— La voz alarmada del chico de barba.

Su captor lo había salvado de caerse agarrándolo de un brazo, pero cuando lo miró, no vio alivio en su cara. Con la mano que no lo sostenía levantaba un cuchillo a la altura de su cara, una cosa fea, con una hoja toscamente triangular, casi como una escuadra. Su primera reacción fue forcejear, volviendo a perder el equilibrio. Esta vez el chico lo ayudó a llegar más rápido al suelo, con un empujón casi apático. Su orgullo le dolió más que el golpe contra el suelo.

—Vamos a aclarar algo —le dijo su nuevo vecino, agachándose a su lado—. Antes que nada, no creo que tengas mucho de qué preocuparte. Sí, te tengo que llevar de vuelta, pero estoy seguro de que después de verificar que no seas un espía, te van a dejar volver de donde saliste. Así que basta de resistencia.

Se quedó mirándolo, pensando qué podía responder a eso. Sólo se le ocurrió un pedido.

—¿Puedo ir sentado en el carro, al menos? Creo que sería menos humillante, como primera impresión.

No quería sonar gracioso, pero el chico de barba igual soltó una risita.

—Claro que sí, se puede.

Así entró, entonces, a ese poblado, con algo de dignidad, dentro de las posibilidades. El lugar estaba rodeado de esa pared que ya había visto de lejos y también estaba rodeado por una  zanja seca y ancha, que se interrumpía en una entrada lo suficientemente ancha para dejar entrar una carreta, pero no más.

En su camino pasó mucha gente y todos parecían tener algún comentario para hacer sobre su situación. Muchos hombres —la mayoría tenía barbas que opacaban la del chico—, pero también algunas mujeres. Toda esa soltura no era algo a lo que estuviese acostumbrado en su hogar y muy pronto empezó a esquivarle la mirada a todos esos extraños.

Después de dar algunas vueltas por calles angostas, llegaron hasta un edificio con una abertura más ancha que la de la entrada al pueblo en lugar de puertas, donde había más de sus camillas y otros carros, más grandes y más pequeños.

—Bueno, por ahora el viaje termina acá —Le dijo el muchacho.

Lo bajó del carrito y lo llevó adentro del lugar, donde le desató las manos para volver a atarlas cada una a dos ruedas —bastante pesadas, notó enseguida— tiradas en el piso. Después le desató los pies.

—Más tarde vuelvo a buscarte —Le guiñó un ojo y eso fue todo.
—Pero… ¿Qué hago? ¿Qué pasa ahora? —Le preguntó mientras se iba.

Sólo le respondió levantando los hombros, sin darse vuelta.

“Justo cuando pensaba que nos estábamos haciendo amigos”.

El sol ya estaba cayendo. El día se había vuelto demasiado largo; por muy incierta que fuese su situación, no pudo evitar quedarse dormido al cabo de unos minutos de espiar desde su cautiverio a puertas abiertas.

Se despertó de golpe. Alguien lo estaba sacudiendo del hombro.

—Ya es hora.

La persona que hablaba estaba oculta, mitad en oscuridad, mitad en una capucha, pero por la voz pudo reconocer a su nuevo amigo, el cazador de visitantes indeseados.

A su alrededor también había otros hombres, también encapuchados. Ninguno hablaba.

“De esta tarde a ahora parece que se quedaron sin comentarios”, pensó.

—¿Hora de qué? ¿Y por qué se tapan? Ya vi a medio pueblo esta tarde.

Esta vez el chico no se rió de sus comentarios.

—Ya sabés de qué. Vamos a decidir qué va a pasar con vos. Bueno, los viejos van a decidir, yo sólo te voy a presentar.

Salieron hacia la noche, donde la luna iluminaba lo suficiente como para no necesitar más luz. El frío le indicó que las capuchas eran más practicidad que ritual.

“Primero, viejas y ahora, viejos ¿Será mucho desear que estos decidan mandarme de vuelta de una vez?”. Algo le decía todavía no se cumpliría ese deseo.

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