La calavera maldita

Estaba durmiendo plácidamente cuando retumbó un ruido sordo en mis oídos. Abrí de inmediato los ojos y miré a mi alrededor. Nada parecía haber cambiado, por lo que supuse que el sonido había sido producto de mi sueño.

Me disponía a seguir durmiendo, pero entonces la vi: Una luz brillante que se colaba por la ventana de mi cuarto. Lentamente me desperecé y me levanté. Caminé hacia la ventana y no pude creer lo que veían mis ojos.

Sobre la casa del señor Giménez flotaba en el aire el ser más aterrador que vi. Con una altura superior a la media y una mirada fría y distante, transmitía mucho temor. Todo su cuerpo estaba rodeado por una intensa luz que lo alumbraba a la perfección. Sobre su piel pálida y arrugada, vestía una holgada capa color carbón, que tapaba tanto sus manos como sus pies. Llevaba una serie de collares y adornos muy peculiares. Uno de ellos llamó particularmente mi atención; se trataba de un dije con forma de calavera. Deduje que sería una clase de talismán o un amuleto, quizá.

Entonces el extraño se giró hacia mí, escrutándome con unos ojos penetrantes tan oscuros como su propia capa.

—¡Al fin! ¡Gracias… a Dios!

Aquellas fueron las palabras que resonaron por todas partes, llenas de sorpresa e incredulidad.

—No… puedo…creerlo…

Era una voz cavernosa, carente de sentimientos. Y parecía que le costaba mucho pronunciar cada palabra.

—¿Qui-quién sos? —balbuceé.

A modo de respuesta, la misteriosa aparición se acercó a mí a toda velocidad y atravesó la ventana, como si se tratase de…

—¡Un fantasma! —grité, como si el hecho de pronunciarlo me convenciera de ello.

¿De verdad había un fantasma ahí, atravesando la ventana como si nada? Quizá me estaba volviendo loco como el señor Roca, ese viejo que creía en espíritus y apariciones.

El espectro hizo caso omiso de mi comentario y avanzó volando. Intentó aferrarme por la camiseta con sus manos arrugadas, pero también me atravesaron.

 —¡Maldición! —gimió, mirando hacia arriba, como dirigiéndose a un ser superior—. ¿Qué es… lo que querés? ¿Qué… tengo… que hacer?

Era muy curioso. Hacía apenas un instante le tenía un terror profundo y, sin embargo, ahora me daba cuenta de que él debía estar mucho más asustado que yo.

—¡Tenés que ayudarme! Yo… —Pero no terminó de pronunciar dicha frase.

No sé por qué lo hice. Fue más fuerte que yo, como un impulso originado por un extraño conjuro. El caso es que me abalancé hacia el espectro y arranqué de entre sus collares el dije con forma de calavera. Al parecer, no podía tocarlo a él, pero sí lo que llevaba puesto.

Entonces, algo mucho más raro sucedió: El fantasma cayó al piso, arrodillado. Su capa y todos sus collares desaparecieron y su piel recuperó un tono de color más natural.

Y lo reconocí: Se trataba del señor Giménez, quien vivía en la casa de al lado.

El hombre soltó una carcajada.

—¡Soy… libre! ¡No puedo creerlo! —exclamaba, con una sonrisa en los labios—. ¡Soy libre!

Acto seguido, algo igual de extraño ocurrió. El señor Giménez se levantó, como obligado por un maleficio, dio media vuelta y caminó hacia la ventana. Aunque parecía que estaba tratando de detenerse a sí mismo, abrió la ventana y saltó. Contemplé horrorizado cómo su cuerpo caía por el aire e impactaba contra el suelo. Segundos después, sólo quedaba el cuerpo inerte de quien alguna vez había sido mi amigable vecino Eduardo Giménez.

Pero eso no era todo…

Así que acá estoy ahora, vistiendo una estúpida capa negra y con esa espeluznante calavera colgando de mi cuello. Esperé un día entero a que se volviera a hacer de noche.

Por fin llegó el momento de que recupere mi cuerpo.

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