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Interrumpimos un segundo la clase porque Sasuke se está por ir de viaje y quiere despedirse de su esposa Akira, que es mi alumna de español. Intercambian unas cuantas palabras en japonés —de las cuales yo no entiendo ninguna— y después Sasuke se dirige a la puerta del departamento. “No nos damos un beso”, me explica Akira, acostumbrada ya a los saludos argentinos y consciente de mi sorpresa ante un saludo tan distante —desde mi punto de vista occidental y latinoamericano, claro—.

Akira y yo acompañamos a Sasuke hasta la puerta, nos despedimos y le deseamos un buen viaje. “¿Cuándo lo va a volver a ver a Sasuke?”, me pregunto. ¿Y si le pasa algo? — siempre el drama ante todo —. “No se dieron ni un beso ni un abrazo”, pienso. El último contacto que tuvieron fue sólo un intercambio de palabras. Y entonces entiendo que para mí sería una situación inconcebible porque nací de este lado del mundo y porque, ante todo, estamos inmersos en una cultura que nos impone ciertas costumbres.

Analicemos el beso


El contacto físico y la distancia interpersonal —es decir, la proxemia— varía según las culturas y forma parte de un código lingüístico compartido por una comunidad. En general, las culturas latinas tienden a mantener un espacio interpersonal más reducido que el que mantienen las culturas nórdicas. Y también presentan diferencias a la hora de saludarse.

 

El beso en la mejilla, que para nosotros es algo tan común, no es una norma aceptada en todos lados. Por ejemplo, en el Reino Unido, en Irlanda, en Alemania y en otros países del norte de Europa no se suele saludar con un beso. Las excepciones suelen ser en caso de parentesco, en las cuales generalmente está socialmente aceptado. En el sudeste asiático saludar con un beso no sólo no es común, sino que hasta puede ser considerado ofensivo. En cambio, en países como Italia, Francia, Grecia se utiliza el beso, que puede ir acompañado de un abrazo. Los italianos suelen ser muy cálidos a la hora de saludar. No rehúsan el contacto físico y esto puede causar incomodidad para alguien que no está acostumbrado. En Francia es común dar dos besos, uno en cada mejilla, y para el cachete desacostumbrado se produce un giro de cabezas que a veces termina siendo algo gracioso.

Los hombres no se besan


Es curioso que, aún dentro de los países donde la práctica del beso es difundida, en muy pocos lugares se acepta este saludo entre los hombres.

 

En Uruguay y en Argentina, bien lo sabemos, es muy común que los hombres se saluden con un beso. Las excepciones pueden darse en situaciones formales —reuniones de trabajo, presentaciones en el ámbito laboral— en donde tampoco las mujeres suelen saludar de esta manera. En Medio Oriente tampoco es nada raro que dos hombres se besen, pero en la gran mayoría de las regiones se estigmatiza el beso entre hombres y se lo asocia muchas veces con la homosexualidad, como si eso fuera algo que no se puede mostrar, algo que es mejor ocultar o —lo que es más terrible— algo que está mal.

Te beso, me besas, nos besamos


Ahora vengamos acá, a Argentina, al Río de la Plata. Esta costumbre tan socialmente aceptada entre nosotros puede llevar a algunas situaciones ridículas o vergonzosas ¿No te pasó nunca de entrar a un bar, saludar a todo un grupo de gente y después darte cuenta de que le diste un beso al mozo que nadie conocía? O vas al dentista, te bajan a abrir la puerta del edificio y no sabés si darle un beso a la persona que te abre la puerta ¿Y si justo era un vecino del edificio?

 

¿Cuál es el límite de saludar con un beso? Por ejemplo, ¿qué código se maneja con esa gente que por alguna razón ves todos los días, pero con la que no tenés ningún tipo de relación de confianza, como el diarero?

 

Yo me tomo el colectivo todos beso-la-chilindrina-y-el-chavolos días en el mismo lugar cuando salgo del trabajo. Es justo una esquina donde hay un puesto de diarios y la vida misma me llevó a cruzar unas palabras con el que atiende el puesto. Me cae bien, conoce claramente el barrio y es una buena referencia cuando tengo que hacerle una consulta. Ahora bien, el otro día lo saludé como todos los días, con un “hola” y una sonrisa y él salió del puesto para darme un beso. La verdad, me agarró de sorpresa porque no esperaba ese tipo de saludo y fue algo incómodo. “¿Qué onda?”, pensé. “¿Me quiere levantar o es buena onda nada más?”.

 

Yo no sentía la necesidad de que nuestras mejillas se encontrasen, sobre todo porque para mí sigue siendo un perfecto desconocido y el saludo de palabra funcionaba a la perfección.

 

Hice una encuesta: No soy la única a la que esta cuestión le inquieta. Hay gente que odia saludar a los desconocidos por la cercanía que el beso produce: Aliento, transpiración, saliva, son algunos de los ingredientes que puede traer consigo este saludo. Dicen que limpiarse es de mala educación, pero… ¿Cuántas veces tuvimos que pasar disimuladamente la manga o el hombro para secarnos?

 

Hay gente, en cambio, que no puede soportar el beso “seco”. Ese que es sólo un mero choque de mejillas, sin ruido y sin ganas. Hay gente que cuando llega a cualquier reunión, besa a absolutamente todo ser viviente en la sala y otras que prefieren optar por un gran saludo de mano y a la distancia. Por otro lado, hay gente que es mucho más relajada, no se enrosca tanto y no se hace problema por estas pequeñeces.

 

Lo importante es que Sasuke volvió sano y salvo, pero no sé es si se habrán besado en el rencuentro.

 

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Inés Rando
Profesora de Letras y estudiante de guión. Escritora, poeta por sobre todas las cosas. Amante de las libretas. Frase preferida: "En la cancha se ven los pingos".