Todos somos, en mayor o menor medida, viajeros. Pero, ¿qué es ser viajero? O mejor dicho, ¿por qué se dice que alguien es viajero? Creo haber encontrado la respuesta ¡Que comience la aventura de viajar!

Viajar al planificar


Es probable que no sepas de dónde parte el deseo de salir al mundo y de ser un viajero. Primero, entendamos que el viajero viaja como sea y a donde sea. Y el turista, en cambio, desea practicar, como la palabra lo indica, la actividad turística. Una cosa no invalida la otra, por supuesto, pero son dos formas diferentes de pensar el deseo de viajar.

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Guías de viaje, anotaciones… Pero el camino interior también hace falta.

Un viajero, por ejemplo, viaja para conocer el lugar, pero también para conocerse dentro de ese lugar. Ya sea que viaje solo o acompañado, el viajero siempre realizará un viaje interior que acompañará el exterior. El viajero SUEÑA con viajar.

Cuando era chica, junto con mi amiga Eilyn, habíamos inventado en nuestras tardes de juego que teníamos una agencia de viajes. Pasábamos la tarde completa escribiendo en papelitos los destinos para los que “vendíamos” pasajes. Soñábamos con conocer el mundo, con viajar eternamente y sin saberlo. Cuando me venía a buscar mamá, sólo nos habíamos quedado con los papelitos, sin vender ningún pasaje. Porque habíamos soñado cada hora con un lugar distinto.

Así es cómo considero que nace el deseo de viajar: soñando.

Viajar al partir


Pero no te podés quedar toda la vida soñando, porque en algún momento hay que bajar y empezar a accionar. Es entonces cuando te encontrás planificando un viaje que soñabas, sin pensar demasiado. Porque, cuando lo planificás demasiado, es probable que nunca lo concretes.

¿Viajar o no viajar? Esa es la cuestión.
¿Viajar o no viajar? Esa es la cuestión.

Al partir, sin embargo, te encontrás con miles de dudas. Vas a otro país y todo te puede parecer un problema. El dinero, las barreras idiomáticas, las clases sociales. Si sos turista. Si sos viajero, todo lo contrario. La aventura de viajar a cualquier punto del mapa, sin expectativas más que las de poder conocer un nuevo lugar, ver cómo te manejás y cómo te las ingeniás, es maravilloso. Te encontrás abrazado a tu mochila y a —en mi caso— tu mate; y nada más te separa de la aventura de vivir un poquito en el cielo.

Pero, como en todo, las necesidades del viaje requieren un poquito de sistema y no tanto hippismo. Para hacer un viaje interior y exterior seguros y sin preocupaciones, es preciso mínimamente tener un pasaje, una idea del recorrido y, si es posible, un lugar asegurado para descansar, porque si no descansamos, ¿cómo podemos salir cada día a recorrer un punto distinto del destino?

Señores pasajeros, bienvenidos a su destino


Una vez que llegaste, no te alcanzan los pies. Querés saber todo, querés conocer cada rinconcito olvidado de tu destino, si sos viajero. Si sos turista, todo lo contrario.

El turista va a ir a los lugares típicos, esos que marca el GPS o el mapa turístico del lugar. Se arma un itinerario que cumplirá a rajatabla, así tenga que pasar tres días caminando y diez minutos frente a lo que va a visitar. No se irá del lugar sin recorrer cada punto, así le cueste la felicidad de haberlo conocido.

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San Francisco, California

En cambio, el viajero disfruta cada ratito de ese destino. Sabe con el corazón que puede que no regrese. Porque, en el caso que lo haga, ni él ni el lugar serán los mismos. Por eso disfruta, por eso respira hondo y aprovecha todas las sensaciones. Saca fotos del paisaje, toca las piedras y el pasto.

En mi caso, sé que cuando llegue a San Francisco, a ese lugar que ansío conocer desde muy chica, voy a correr hacia el puente y temo. No porque se cumpla un sueño y haya que construir otro, sino porque tengo miedo de querer besar el piso y que me detengan, por ejemplo. Eso pasa cuando uno sueña tanto con viajar: no tiene ningún límite.

Viajar de regreso


Dicen que viajando se fortalece el corazón… es una frase que muchos viajeros utilizan como explicación para sus viajes, pero es cierto. El viajero que regresa nunca es igual a aquel que partió. Jamás. Primero, porque es otro el tiempo. Segundo, porque un viaje, bueno o regular, siempre indica movimiento. Y si hay movimiento, hay cambio.

El sólo conocer otros lugares, cerca o lejos de lo que ya conocés, te despierta la mente. Te hace pensar las cosas con aire, con sol. Y volver con la amplitud de mente suficiente como para soñar otra vez. Conocés gente con la que planeás viajes nuevos. Mirás la vida de otra manera.

Al volver no sólo tenés el mundo en tus manos...
Al volver no sólo tenés el mundo en tus manos…

No importa tanto cuánto tiempo te fuiste. Un fin de semana a la playa o dos meses a la montaña, pero cuando volvés, no sos el mismo que cuando partiste. Aprendiste nuevas cosas, probaste comidas insólitas, te arreglaste con una bolsa de dormir con el cierre roto en pleno invierno. Todo pasa por una razón y ese es el principal motivo por el que viajar es una manera de comprometerse con tu lugar. Es tomar consciencia del lugar que ocupás, de las cuatro paredes que te cobijan, de la familia que te rodea. Es, ante todo, conectarte con tu propio camino.

Cada día es una nueva partida


Ya terminando la nota, me parece ver uno de esos pasajes que escribíamos con Eilyn cuando éramos chicas. Dice perfectamente “Córdoba”, escrito por ella, y se combina con la lista de reproducción de Spotify que creé para que me acompañara en la aventura de viajar con palabras.

Todo grita al unísono. Todo parece indicar que es hora de hacer un nuevo viaje, de armar la mochila, decir varias veces “todo va a estar bien” y salir, que el mundo tiene rincones que todavía no sabemos que existen… Y merecen ser conocidos por alguien dispuesto a descubrirlos con ojos de binoculares.

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