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Cartoneros es una mini serie argentina de 13 capítulos, basada en el guión de Marisa Quiroga, Alberto Muñoz y Javier Castro Albano, y con la dirección de Matías Bertilotti. Los personajes protagónicos encontraron su esencia en las interpretaciones del dúo conformado por los reconocidos Luis Luque y Silvia Kutika.

La primera vez que lo vi, Youtube y CDA – Contenidos Digitales Abiertos mediante (y acá hago una pausa para decir que no se emitió a nivel nacional, sólo en la TV Pública chubutense), debo admitir que lo hice cargada de prejuicios: Ya había visto El Puntero, parte de El Marginal (mea culpa) y otras que se reconocen entre sí por tocar temas y estéticas similares. Entonces, me dije a mí misma que, seguramente, era más de lo mismo.

Fui tan prejuiciosa que ni siquiera le hice caso a una amiga cuando me la recomendó meses atrás. No sé por qué, a ciencia cierta, le di play al Capítulo 1, pero ese click fue decisivo para meterme de cabeza, porque cuando lo terminé, lo hice tan fascinada que, 12 de la noche en el reloj, más o menos, me acerqué a mi papá, que estaba en el living, y le dije: “Tengo una serie para recomendarte. Te va a gustar. La policía se ve real”. Y quienes me conocen saben que este es un punto con el que rompo mucho las guindas.

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Así fue cómo vi nuevamente en el mismo día el Capítulo 1 y ahí la enganché también a Madre (así le digo yo), que se fanatizó. “No, suben un capítulo por semana” se convirtió en la explicación diaria una vez que devoramos los capítulos disponibles en pocas noches.

Lo cierto es que Cartoneros, en mi cerebro, amagaba con ser similar a El Puntero. Yo esperaba al típico héroe protagónico, defensor de pobres y ausentes, y mal hablado, que se las sabe todas porque es humilde y tiene calle. Pero no, zas en toda la cara (¡Gracias a Yisus a los creadores!).

En Cartoneros me encontré con “El Chino Suárez”, un tipo laburante, que vive en la villa, pero no es un villero. No es chorro, no es groncho y tampoco es burro. Es decente, los tiene bien puestos, posee valores y defectos, sabe hablar con propiedad, pese al carácter podrido, y no defiende a pobres ausentes en una especie de batalla contra molinos de viento, sino que primero se defiende a sí mismo por el puro instinto de la supervivencia, y después todo decanta en la defensa de los que están a su alrededor, que tienen nombre y apellido, y recién ahí es cuando se hace el efecto dominó para ayudar a quienes no conoce, pero están en la misma. Un hermoso rompedor de estereotipos sociales.

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El Chino y Miguel

La historia arranca en vísperas de la crisis del 2001 y con el Chino perdiendo su trabajo, que era en negro y en donde su empleador lo estafa. Este es el punto de partida para que el Chino se la rebusque, porque en su casa tiene una mujer y un hijo que alimentar. Así es cómo comienza a cartonear y es en este punto que descubre que en la calle su carácter y su tamaño no le sirven de mucho: Es un pichi y, además de tener que aprender los códigos, tiene que dejarse enseñar.

Como consecuencia de la injusticia laboral, conoce a Victoria, una abogada que trabaja a sol y sombra por las causas que considera justas. Él va en busca de un juicio contra la empresa que lo despidió, pero encuentra mucho más, porque ella lo llama “señor” y eso es suficiente para marcar la diferencia. Sí, mis señores y señoras, pasa lo que todos queremos que pase desde el principio: Un flechazo amoroso entre medialunas y tazas de café se hace lugar en nuestra querida ficción.

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El Chino y Victoria (Sí, pueden shippearlos, adelante). P.D.: Me fascinan las historias de amor maduras.

Después, con una orquesta de personajes compuesta por Nicolás Goldschmidt (miles de aplausos a su más que brillante actuación), Micaela Vázquez, Carlos Nieto, Aymará Rovera, Javier Niklison, Jenny Williams, Enrique Dumont, Fabián Arenillas, Carolina West Ocampo, Nicolás Riera (la actuación de él también me sorprendió para mucho bien) y talentoso elenco, las vidas del Chino y de Victoria se entrelazan por motivos que traspasan la meta más grande, que es conseguir una ley que transforme a los cartoneros en personas dignas. 

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Micaela Vázquez como Elena y Nicolás Goldschmidt como Emiliano.

Y no cuento nada más sobre la trama para evitar los spoilers.

Ahora, hay algo que me llamó la atención de entrada y es el uso de los archivos ¿A qué me refiero con esto? El pasaje del tiempo (y son más de 10 años) está marcado por los momentos político-sociales de la Argentina, con sus vaivenes en todos los colores. Esto es hábilmente indicado al espectador con recortes de noticieros reales. De pronto, nos topamos con la transmisión de Canal 13 y en otro episodio, con una cobertura hecha por Telefe.

¿Pero de qué trata, entonces, Cartoneros? ¿Del Chino y de Victoria, de los cartoneros o del 2001?


Por lo que esta humilde televidente intuye —y puedo errar cual Higuaín—, la historia del Chino y de Victoria pinta enteramente una parte de nuestra historia. Por lo tanto, el Chino y Victoria son un retazo, una especie de excusa, una hendija para espiar hacia algo mucho más grande que, sin embargo, no es mostrado directamente más que por los archivos ya mencionados y alguna que otra escena.

¿Y Cartoneros tiene política?


¡Por supuesto! ¿Esperabas lo contrario? Tiene una ideología política muy marcada y quiero explayarme sobre un par de cosas al respecto:

La idea política atraviesa casi todo el relato. Valoro enormemente que en Cartoneros la postura es sincera. No intenta ocultarse, no se disfraza, es lo que es. Puede que no concuerdes, como yo, pero, como yo, tal vez también consideres que para este tipo de productos dejar la política de lado no es una opción.

Cuando estudiaba el Profesorado de Historia aprendí que los abordajes nunca son inocentes en su totalidad, que siempre están sesgados por nuestra propia subjetividad, creencias, posicionamientos. En lo personal, creo, afirmo y sostengo que esto es justo y también es necesario. Y en democracia, es lo más sano que un ciudadano puede hacer.

¿Qué me dejó Cartoneros?


En principio, cabe destacar que a cada uno le dejará algo diferente. A mí me dejó ampliamente satisfecha, porque tiene el tipo de final que considero perfecto (y algún día explicaré esto, porque tiene que ver con mi telenovela de cabecera, Mirada de Mujer, pero a quién lo importa el detalle).

Lo interesante pasó con Madre: No sólo se volvió una recicladora más que separa en bolsas verdes los residuos que sirven para la causa y que están secos y limpios, sino que también afirma haber tomado conciencia acerca de la gravedad que tuvo el 2001. Y no porque en ese momento estuviésemos pasando el mejor momento, pero la crisis profunda, como tal, no nos chocó de frente como a tantos otros.

Pido gancho: Si bien el último capítulo fue subido el jueves pasado, me aguanté hasta el sábado para escribir las Puntadas de hoy. Valorá mi abstinencia seriéfila y si te gustó, compartilo. A propósito, se estrena este 19 de febrero. No te pierdas el primer capítulo y valoralo vos mismo.

Cartoneros - Serie

 

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Menna Grimal
Guionista en proceso, ceremonialista en retroceso y otros delirios mesiánicos. Ultra leonina y pagana. Me casé con Guión, pero de vez en cuando tengo fantasías con el Teatro. Hija no reconocida de la televisión.