lluvia

¿Cómo contar la lluvia y sus consecuencias con originalidad? Hay cierto imaginario colectivo y comercial que desde el vamos le da un tinte romántico; otras, un barniz melancólico o de terror. Todo esto suele condensar a la lluvia en un lugar común a la hora de relatar algo. Sin embargo existen autores que prefieren mezclar las gotas con historias de mayores composiciones y complejidades culturales.

La periodista española Martina Bastos dice que a la lluvia los gallegos “la tratamos con la confianza de un amigo”. Que en Galicia hay “nueve meses de lluvia y tres de mal tiempo”. Y tal es así que tienen más de setenta palabras para nombrarla: “Froalla si cae con sol, corisca si baja con nieve, arroia si llena estanques, poalla si moja lento, sarabia si

En Galicia tienen más de setenta palabras para nombrar la lluvia. Foto: Freepik.es.

llueve granizo, chuvasca si trae viento, treboa si incluye truenos, orballa cuando es menuda, babuña cuando es viscosa, pingota si hay gotas gruesas, mera si hay niebla espesa, batega si acaba pronto o barruña si persiste”, por ejemplo.

Mariana escribió en la prestigiosa revista peruana de periodismo narrativo, Etiqueta Negra, esta serie de informaciones pluviales —aparte de incluir la historia de sus padres, que se conocieron bajo un paraguas en una parada de colectivo—. La nota se llamó “La lluvia es una cosa que sucede en el pasado” y el pasado de esta publicación data de mediados de 2013.

La lluvia como imaginación literaria


En segundo lugar, desde Colombia, el periodista y escritor Gabriel García Márquez brinda la mirada de una mujer sobre una lluvia que empieza un domingo y dura varios días. Se trata del cuento Isabel viendo llover en Macondo (1955). Le aseguran el lunes que es una lluvia “aburridora”. “Aburridora no —dije—. Lo que me parece es demasiado triste el jardín vacío y esos pobres árboles que no pueden quitarse del patio”.

Al tercer día de lluvia “ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta después de haber soñado con una persona desconocida”. Desde el lunes ya no comían y cree reconocer que desde entonces habían dejado de pensar. Entonces Isabel asegura que “estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada”.

Esta Isabel se confunde los días durante el diluvio y en su monólogo comenta que alguien que no tenía por qué saberlo sabe que la iglesia está inundada y corre riesgo de derrumbe, y su madrastra parece “un fantasma familiar” y le cuenta que ahora flotan los muertos del cementerio. Además, le dicen que “son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”.

La lluvia como catástrofe social


En tercer lugar podemos mencionar a otra periodista y narradora, esta vez argentina: Josefina Licitra. Ella publicó en 2014 El agua mala. Crónica de Epecuén y las casas hundidas. Allí reconstruye la historia de un pueblo que pasó de ser un centro turístico termal de primer nivel a quedar sepultado en 1985 bajo ocho metros de un lago desbordado. El agua recién en estos últimos años terminó casi de evaporarse. Empapa también su relato con críticas al rol y al silencio mediático.

Josefina cuenta que el intendente de Adolfo Alsina, dueño del Hotel Parque de Epecuén, dos meses antes de la tragedia había empezado la mudanza del complejo mientras se la negaba a los vecinos. Finalmente, la noche del 10 de noviembre de 1985 los pronósticos más temidos se cumplieron. En aquel suelo de grandes depresiones, “el agua iba avanzando en torno a las casas de un modo no lineal, como una serpiente que rodea silenciosamente a las presas que elige”.

Epecuén, recuerdo glorioso bajo agua. Foto: latercera.com.
Epecuén, recuerdo glorioso bajo agua. Foto: AFP.

También observa la autora que actualmente, tanto las obras públicas como las privadas de la modernidad, motivaron “cierta federalización en el avance de las aguas: las inundaciones, provocadas por el Salado o por cualquier otro río, llegan a las áreas rurales como a las urbanas. Casi todos, en síntesis, nos hemos inundado alguna vez”.

Hacia el final del libro Josefina, tras escuchar, mirar, recorrer, dudar y así profundizar cada paso avanzado, cuenta qué fue lo que más le impactó de la investigación: “es muy fuerte ver que la gente cerró su casa con llave. Creían que iban a volver”.

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