Desde que nacemos estamos destinados a ser estudiantes. Primero con el “aprender jugando” del jardín de infantes. Según la época en la que fuimos egresando, sabemos: Dibujar a nuestras familias, un pequeño repertorio de temas musicales con los que torturamos a nuestros padres (en algunos casos nuestra madre o abuela orgullosa nos hace demostrar nuestras dotes musicales frente a la familia o amigos para presumirnos), aprendemos a escribir nuestro nombre, tal vez, con un conocimiento más avanzado de lecto-escritura. También salimos con conocimientos básicos para la vida: Cómo esquivar un puñado de arena apuntado a los ojos; que a las de pelo largo, si les tiramos del pelo, les duele; cuáles son los buenos escondites.

Luego de esa etapa idílica del jardín, llegamos a la realidad del aprendizaje. Empezamos la escuela primaria en la que, salvo excepciones, todo es monocromático. Acá aprendemos la base de lo que nos va a ser útil: Escribir, leer, operaciones matemáticas, geometría, geografía, regla de tres simple ¡Ojo! Para todo hay excepciones, algunos llegan a adultos sin saber leer “de corrido”, otros sin poder calcular la regla de tres, otros apenas saben dónde queda su ciudad. También aprendemos muy lindos cuentos sobre la historia argentina: Que había paraguas el 25 de mayo de 1810, que Beruti y French repartían escarapelas y pegamos las figuritas que recortamos de Billiken.

En esta etapa nos pasan muchos cambios. Ingresamos siendo niños de seis años y salimos siendo casi adolescentes de doce. Hacemos amigos que nos acompañarán muchos años (o no), empezamos a trabajar en grupo y los cursos se dividen entre los responsables y cumplidores: Siempre llevan los deberes hechos, no faltan nunca, son prolijos, se ofrecen como voluntarios, y los que no lo son, que sus cuadernos son desprolijos, le prestan atención sólo a lo que les interesa, interrumpen o pululan por el aula esperando salir al recreo.

Cuando sonaba el timbre del recreo, todos salíamos desaforados de las aulas corriendo para aprovechar cada uno de esos diez o quince minutos a cualquier espacio a cielo abierto para jugar, ir al baño, hacer la cola del kiosko y hacernos oír a los gritos entre los compañeritos para comprar un alfajor, turrón o sandwich de salame y queso, porque era raro que en el kiosko de la escuela estuviera la golosina de moda (siempre las segundas… o terceras marcas).

Pasan los años, nos creemos grandes, nos volvemos un poco rebeldes y pensamos que nos las sabemos todas. Con todo eso nos dejan las maestras y son reemplazadas por profesores especializados en una materia. Las pruebas se vuelven más difíciles y para algunas materias hay que estudiar en serio. Logramos desarrollar una gran imaginación para justificar por qué no hicimos la tarea: Enfermamos madre, tía, hermano, matamos abuelos, culpamos al perro por comer papel, con la absoluta convicción de que nuestra historia va a ser creída por los docentes (los profesores resignados, al oír por enésima vez en su carrera la misma historia, nos piden, por favor, que lo llevemos para la próxima clase o, si le caemos mal, nos ignora y nos anota en su temido cuaderno).

Un punto de menos en un trimestre puede hacer que nos llevemos la materia a diciembre y mientras todos están de vacaciones, nosotros repasamos nuevamente las presidencias de Mitre, Sarmiento y Avellaneda. Si zafamos, pasamos el verano tranquilos y si no, a volver en marzo o a mitad de año a rendirla previa, y los más especuladores juegan con la posibilidad de repetir el año.

Si somos valientes o gastamos nuestra última vida, nos proponemos machetearnos en las pruebas, desarrollamos los más insólitos métodos, pensando que el profe no se va a dar cuenta y sí, chicos, se dan cuenta. A veces nos retan, otras se resignan a dejarlo pasar. Porque si no estudiamos o al menos leímos algo, el machete más los conectores, más alguna oración subordinada a modo de justificación, dan respuestas originales. Erróneas, pero originales sin duda, como la recordada sustitución de identidad de Gregoria Matorras, madre de San Martín, por Eulogia Lautaro, señora inexistente, fruto de la pertenencia de Don José a la Logia Lautaro.

machetearse
Imagen de TKM

Como somos grandes, empezamos a disfrutar del “Día del Estudiante”. La excusa es festejar la llegada de la primavera y festejar nuestro día. Si el clima nos acompaña, cargamos en nuestra mochilas sandwichitos, gaseosas y vamos a algún espacio verde disponible a hacer un picnic.

Los primeros años de adolescencia, las chicas empezamos a mirar a los chicos con más atención, mientras los chicos siguen jugando al fútbol o haciendo la suya. Poco a poco, el tiempo nos une y el comienzo de la primavera es una excusa para coquetear con la persona que nos gusta. La excusa son las hormonas que despiertan, la mayor piel al aire, el sol, las flores, los colores. Porque todo es más lindo en primavera ¿O no? Bueno, las alergias de primavera no.

La etapa terciario o universitario se diferencia en que, mientras en el terciario un grupo de gente cursa con regularidad con vos, ya los conocés, en el universitario siempre hay caras nuevas. Si empezaste la carrera con algunos conocidos o amigos, con los que arman un grupo de estudio, tratan de coincidir en la mayor cantidad de materias hasta recibirse.

Los profesores y las materias son pequeños obstáculos a vencer. Cursar es un triunfo, promocionar la gloria, y si no queda otra que rendir el final, hay que armarse de paciencia y sortear esa batalla. La instancia final, si es escrita y llegaste jugado, te da la ventaja de que, si escribís una burrada, el profesor lo leerá a solas en su casa; en cambio, si la decís en un oral, la vergüenza es en vivo. Y peor, la pregunta:

—¿Estás segura?
—¿Segura de qué?

Apenas recuerdo mi nombre y donde vivo. Y la salida monumental a eso es: “Tengo una laguna, estoy segura de que lo leí”. A veces es cierto, otras es como si nos hablaran en chino.

Ni hablar si tenés que hacer un trabajo final de carrera, rendiste la última materia, te dicen que ya estás, que no te queda nada. Te mienten, te queda un montón, varios meses más (o años), el problema es que sos vos y tu fuerza de voluntad, frente a todas las cosas interesantes que hay para hacer, desde ver tele en el sillón hasta salir a bailar, incluso darle de comer a las palomas con los jubilados, es un plan más interesante que sentarte vos y el tema elegido frente a la computadora a elaborar el trabajo. Mientras tanto, seguimos festejando nuestro día.

Las ciudades y los pueblos se preparan para festejar el “Día del Estudiante” en sus espacios verdes, nosotros nos preparamos para festejar nuestro día con un picnic, con una salida con amigos y disfrutando. Lo mejor de todo es cuando con los amigos que nos hicimos en el camino, te juntás después de varios años y uno tira la frase que empieza con: “Se acuerdan del Día del Estudiante, que…” y recuerda una anécdota vergonzante compartida con la que reirán juntos.

Y si no te acordás de cómo se hace la regla de tres simple, la googleás. Si no te salen los cálculos matemáticos, usá la calculadora. Si no sabés todavía cómo se escribe “decisión”, primero con ce y después con ese, si estás haciendo malabares en el bondi para resaltar tus apuntes para el parcial o frustrado jugando al solitario mientras decís que hacés el trabajo final, relajá por un día, disfrutalo, porque te merecés un ¡Muy feliz día del estudiante!

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