Enrique Santos Discépolo

“¿Dónde estaba Dios cuándo te fuiste?” se pregunta un agnóstico Enrique Santos Discépolo. Su poética nos lleva siempre por el desasosiego, por el desencanto, por el desamor, pero en esos caminos encontramos la sensibilidad de quien absorbe su entorno y sabe intervenir en él.

Creció en un mundo sin padres, ya que quedó huérfano desde muy chico. Su hermano Armando, catorce años mayor que él, se ocupó de su crianza. No se puede hablar de Enrique sin hablar de Armando: uno de los más grandes autores de teatro argentino, referente del grotesco criollo, autor de obras como Mateo, Babilonia y Stéfano. En sus obras, Armando logra captar el contexto social argentino de principios de siglo XX: la inmigración europea apilada en los conventillos, buscando un sustento y un provenir.

Armando se ocupó de introducir a Enrique en el mundo del teatro y por eso Enrique debutó como actor en 1917, con apenas dieciséis años. Al año siguiente ya estaba escribiendo sus primeras obras de teatro: El señor cura, El hombre solo y Día Feriado.

En 1925, los hermanos Discépolo escriben juntos El organito, una pieza teatral ya clásica en nuestro país, que muestra la vida de una familia de inmigrantes italianos, mendicantes “profesionales”, y sus vicisitudes.

Pero Enrique Santos Discépolo era, por sobre todas las cosas, un poeta. Además de su intervención en el mundo del teatro como actor y como autor, comenzó a componer tangos. Enrique, como su hermano, tenía una visión pesimista de la vida y, de hecho, no fue bien recibido en el ámbito tanguero.

Sus primeros tangos, “Bizcochito” y “Qué vachaché” fueron abucheados y rechazados por el público. Recién se catapultó a la fama cuando en 1928 Azucena Maizani cantó “Esta noche me emborracho” y comenzó a escucharse por todo el país la historia de este encuentro tan decepcionante: “Fiera venganza la del tiempo / que le hace ver deshecho / lo que uno amó… / Este encuentro me ha hecho tanto mal, / que si lo pienso más / termino envenenao. / Esta noche me emborracho bien, / me mamo, ¡bien mamao!, / pa’ no pensar”.

Ese mismo año, la actriz Tita Merello reflotó el tan mal acogido tango “Qué vachaché”. A partir de ahí, Enrique se convirtió en un compositor de tangos reconocido y grandes figuras como Carlos Gardel comenzaron a interpretar sus canciones.

También en 1928 el amor llegó con el nombre de Tania. Dicen que fue un amor convulso, agitado, pero lo único que logró separarlos definitivamente fue la muerte de Enrique. Estuvieron juntos 23 años y Tania se convirtió en una de las principales intérpretes de los tangos de Enrique. Sin embargo, Tania no fue su único amor.

Discépolo y Tania
Discépolo y Tania

En una gira por México, Discépolo conoció a la actriz Raquel Díaz de León, que quedó embarazada de un hijo no reconocido por el compositor. Tania no dejó que esta relación prosperara y fue a buscar a Enrique para regresar a Buenos Aires juntos, antes de que el bebé naciera. Por lo que sabemos, Enrique nunca conoció a su hijo.

Además del teatro y el tango, Discepolín intervino en el mundo del cine, donde no solo fue actor y guionista, sino que también se dedicó a dirigir. En 1951 se estrenó una de sus películas más famosas: “El hincha”.

El último período de la vida de Discépolo fue sumamente doloroso. Cuando ascendió el peronismo al poder, Enrique comulgó inmediatamente con la ideología de Perón y Evita y se volvió un fervoroso peronista. Comenzó una columna en la radio que se llamaba originalmente “Pienso y digo lo que pienso”, en la que Discépolo comentaba la realidad sociopolítica con su contrincante ideológico, un personaje al que llamó “Mordisquito”. Esto le costó sus amistades, muchos le dieron la espalda. Comenzó a recibir amenazas y lo agredían por la calle. Hasta le mandaban cajas con excremento o le compraban todas las entradas del teatro en donde actuaba para que no tuviera público. Sus ideales políticos le costaron el amor de la gente y su salud. Murió en 1951 en el mismo barrio donde había nacido cincuenta años atrás, Balvanera.

Le decían Discepolín por su contextura menuda, por su actitud tímida. Sin embargo, su figura creció para convertirse en uno de los compositores más importantes del tango. Ahora se lo quiere y se lo reivindica, pero murió desahuciado del cariño de la gente. Y no cabe más que preguntarse, ¿dónde estaba Dios cuando te fuiste, viejo Discepolín?

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