Objetos Perdidos

Puede pasar. No es un error común, pero para alguien inexperto es totalmente posible confundir el terreno y tomar un camino equivocado tal y como hizo él, sin darse cuenta hasta más tarde. Qué tan tarde uno se da cuenta de su error es muy importante, en algunos casos (dependiendo del lugar, el clima, etc.) hasta puede ser cuestión de vida o muerte.

Pero no era este el caso, él no tenía que preocuparse por la hostilidad del terreno por delante. Tendría que preocuparse de otras cosas más tarde, pero no de eso.

De todas formas, se dio cuenta de su desvío por una observación sencilla, de esas tan obvias que muchas veces las pasamos por alto. Durante su descenso, un rato después de haber descartado el corazón de la manzana, se alegró por lo rápido que estaba siendo su regreso. Naturalmente, al bajar de la sierra la velocidad sería mayor, el esfuerzo menor, los pasos más largos y próximos entre uno y otro —siempre viendo bien dónde y cómo iba a pisar—. Con un poco de comida menos, su bolso no pesaba tanto como antes. Lo único que le molestaba era el sol de la tarde, golpeándolo en el pecho sin asco, como queriendo llamarle la atención.

“Sí, ya entendí, yo voy rápido, pero vos ya me pasaste… pero…” ¿Cómo podía ser? Esa mañana, mientras subía, el día amanecía a espaldas suyas y el sol empezó dibujando una sombra alargada delante de él, una sombra que se acortaba con cada paso que daba hasta volverse nada “¿Pero cómo puede ser que ahora esté siguiendo al sol?“, se preguntó. “Eso no tiene sentido… a menos que…

¿Podía ser que estuvo tan concentrado en sus pies como para no levantar la mirada lo suficiente para darse cuenta de que no reconocía la vista? No se la pasaba subiendo y bajando la colina, pero aún a esa altura, más cerca de la cima que del suelo, era evidente que esa aldea no era la suya: Las casas eran más grandes y más numerosas, las calles más anchas y todo el lugar parecía estar rodeado de una pared lo suficientemente ancha como para ser vista desde ahí.

Una vez más en su viaje se tuvo que sentar, pero esta vez más allá de su voluntad; la sorpresa del paisaje había sido demasiado grande.

“Papá tiene razón, soy muy distraído para mi propio bien” pensó, sacándose su nuevo casco viejo y soltando una carcajada nerviosa. Se recostó sobre la tierra, mirándolo todo sin poder creerlo, cómo toda esa gente podía estar tan cerca sin que nadie lo supiera… o sin que nadie hablara de ellos.

La decisión se le hizo simple: Si quería saber algo al respecto, era más probable tener respuestas ahí abajo que en su propio hogar. “Este camino que agarré es incorrecto por un lado y correcto por otro“, se dijo mientras se levantaba.

Siguió caminando rápido, pero esta vez ya no se fijaba tanto dónde pisaba. Después de más o menos media hora, empezó a notar aquí y allá, en grupos de dos o tres, unas estructuras de madera, como paredes bajas y alargadas, con algunos huecos del tamaño de un ladrillo a lo largo. Se acercó a una de esas paredes para verla mejor y de pronto escuchó una especie de sílbido fuerte “¿Una cerbatana?

Tendría que haberse tirado al suelo con la misma rapidez con que decidió acercarse a este lugar extraño, pero antes de pensarlo, oyó de nuevo el mismo sonido y un dolor fuerte en la pierna lo hizo arrodillar de golpe. La sensación se empezó a disipar pronto, pero también la sensibilidad. Primero en esa pierna y enseguida en la otra y ya no se pudo mantener arrodillado. Perdió la conciencia antes de poder preocuparse demasiado por este nuevo problema.

Despertó de golpe, otra vez en movimiento. Estaba otra vez acostado, esta vez sobre una carretilla plana, donde entraba cómodamente. “Es para llevar gente“, el pensamiento más acertado que había tenido probablemente en todo el día. Podía sentir de nuevo sus piernas, incluido el dolor punzante, pero no le servirían de mucho, atadas en las rodillas y en los tobillos. De ahí otro par de sogas iba hasta sus muñecas, manteniéndolas cerca de su cuerpo. Lo único que podía mover con total libertad era su cuello. Lo dobló inclinando su cabeza hacia atrás para ver quién lo estaba llevando inmovilizado hacia donde ya estaba yendo por cuenta propia. Un chico no mucho más grande que él, a pesar de su barba, lo miraba transpirando bajo un casco. Su casco.

—Te queda mejor a vos.
—Obvio —le dijo, levantando la mirada—. Perdón por todo esto, pero todos los extranjeros entran acá con los pies para adelante. Algunos también se van así.

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