dentista

La visita al dentista no es de las más agradables. Es que al nombrarlo uno piensa automáticamente en dolor. Te cegás y desarrollás una especie de fobia. No importa que la visita sea por tu bien ni que te digan que es el mejor dentista sobre la faz de la tierra; mientras más lejos estés del consultorio, mejor.

La primera vez que fui al dentista tenia 12 años y, obviamente, no fue porque lo pidiera. Había sufrido dolor de muela durante todo un día. Fue a las 20:30 horas que lloré por no aguantarlo más y mis papás tuvieron que salir a las corridas conmigo al dentista. Viajamos varios minutos y yo no sabía qué me dolía más, si la muela o el tener que ir obligada a una consulta.

De más está decir que no me fue nada bien. Apenas entré al consultorio, me pidieron que me siente y abra la boca, lo habitual para la revisión. El problema fue que de los nervios (y también por ser bastante caprichosa) no abrí la boca, lo que imposibilitó totalmente cualquier chequeo. La dentista dejó de insistir para verme los dientes y me dijo que claramente necesitaba un psicólogo y un dentista para nenes chiquitos, mientras me recetaba unas pastillas. Salí llorando mientras me repetía a mí misma que yo no era el problema, sino que lo era ella y su aspecto de bruja con instrumentos bucales. Esto me trajo un reto bastante extenso de mi mamá, quien no podía creer mi actitud y repetía, indignada, “Ahora no te quejes si te duele, eh”.

A la semana siguiente fuimos a otra consulta, con otro dentista. Amenazada con que me iba a quedar sin mirar tele varios días si no le hacia caso al doctor, abrí la boca como un cocodrilo que quiere comer algo y el diagnóstico fue que tenía una pequeña infección en la muela, así que tenía que sacármela.

Mi cara fue de un espanto increíble. En ese momento insulté a mi yo fanática de las golosinas. Mi primer pensamiento fue el empezar a amigarme con el dolor y tenerlo para siempre, evitando así esa (innecesaria, a mi infantil entender) extracción.

Las pastillas que me habían recetado no me hacían efecto. Parecía que todo el mundo molar se había puesto en mi contra. Vivía con la boca anestesiada gracias al “Muelita”, ese gel salvador que calmaba un poco mis ganas de querer arrancarme la maldita muela con un tenedor.

miedo al dentista

Un día llegó mi mamá entusiasmada a decirme que la verdulera del supermercado le había dicho que lo mejor para el dolor de muela era que durmiera con el cachete del lado que me dolía, apoyado sobre una hoja de repollo. Al principio me reí. Es que, ¿cómo una simple hoja de repollo iba a curar algo que pastillas de todos los colores existentes no pudieron?

Increíblemente, al otro día me levanté sin un ápice de dolor. Era como si me hubiesen sacado la muela mientras dormía. Quería ir hasta la verdulería y besar a quien le había dado el consejo a mi mamá. Eso sí, sentía como si me hubiese comido un repollo entero, pero qué importaba, si al final ese dolor que tanto me había hecho sufrir se había ido.

Después de haberlo procesado durante mucho tiempo, fui a que me sacaran la muela. Esperé 40 minutos para que me atendieran, mientras escuchaba el típico ruido del torno y veía unas revistas del siglo pasado.

Al momento de mi turno, ya con los nervios y la ansiedad a tope, entré al consultorio y me senté como correspondía.

—Uh, pero estás con un miedo bárbaro. Mirá, no sé qué te han dicho, pero no te va a doler. Tranquilizate —me dijo el dentista al notar que gritaba de terror al ver todos los instrumentos (que se asemejan bastante a pequeños elementos de tortura).

Se colocó los guantes y el barbijo. Sacó una aguja del tamaño del Obelisco, aproximadamente, y me dijo:

—Bueno, esto sí te va a doler… bastante.

Y me la inyectó en el paladar. Sentí que me taladraron la boca. Mentalmente me acordé un poquito de su madre, pero con respeto, por supuesto. Mientras, él se fue a charlar con la recepcionista del lugar. A los minutos, ya con la boca totalmente dormida, me vino a ver y nuevamente me inyectó anestesia, pero en el lado contrario a la primera. Lo miré confundida, mientras sentía otra vez ese dolor.

—Pará, ¿no te había puesto ya la anestesia? —Me preguntó medio perdido.

Asentí con la cabeza, a lo que él respondió: “Ay, me hubieses dicho, disculpame”, mientras yo me acordaba, esta vez, de la hermana y de su tía.

Una vez que hizo efecto la anestesia y yo no podía ni hablar, empezó con la horrible tarea de extracción. Lo peor de todo es que tenía anteojos, por lo que yo, gracias al vidrio, podía ver todo lo que hacía dentro de mi boca. Por cómo renegaba con las pinzas y por cómo mi cara se sacudía de un lado a otro, llegué a la conclusión de que mi muela rebelde estaba bastante cómoda en su lugar y se rehusaba a abandonarlo.

dentista taladro fobia

Cuando por fin se había aflojado un poco, la recepcionista entró al consultorio para pasarle una llamada al doctor que, en vez de decirle que lo espere, se sacó los guantes y atendió tranquilamente a quien lo solicitaba, mientras yo lo miraba, casi sin creerlo.

Era un poco cómico. Creía que en cualquier momento entraba una cámara y me decían que era una joda para ShowMatch. Él charlando y yo con la boca abierta, a punto del calambre. Minutos después, volvió a atenderme. Pinzas por aquí y pinzas por allá, y algún quejido de por medio, el dentista logró sacar la muela que tantas anécdotas me dio.

¿Mi consejo? Andá al dentista todas las veces que sean necesarias (mentira, no lo recomiendo, pero hay que ser políticamente correctos).

¿La moraleja? Los remedios caseros, por más ridículos o ilógicos que parezcan, a veces terminan ayudando más que cualquier droga farmacológica que nos receten.

Comentarios