La casa de Bernarda Alba

“La casa de Bernarda Alba” es una obra de teatro que fue escrita por el gran poeta español Federico García Lorca, en el año 1936, aunque recién fue publicada en 1945. En esta ocasión, me voy a referir a la opción creada por el director José María Muscari.

Estamos ante uno de los grandes e indiscutidos clásicos de la dramaturgia universal. “La casa de Bernarda Alba” fue estrenada incontable cantidad de veces: Con música y sin ella, con o sin presencia física masculina, con vestuarios de determinados colores, con elaboradas o escasas escenografías, en fin, el abanico de puestas es impresionante. Sin embargo, esto no hace que el reto sea más fácil, sino todo lo contrario, porque la historia es conocida y hallar un nuevo modo de contarla, sin trastocar su esencia, no es tarea sencilla.

Muscari, siempre descrito como una persona transgresora, rompedor de barreras y morales incansable, decidió hace tiempo ser original, sin forzarse para lograrlo ¿Y qué hizo entonces? En un mundo en donde lo efímero, lo osado sin ton ni son y lo viral se vuelven el marcapasos de las emociones, este amante del teatro comprendió que a veces la originalidad está en tomar un respiro para volver a lo conocido y no en la novedad que, en medio de la vorágine tecnológica, pareciera desmembrar nuestras emociones primigenias. Igual, todo es pura intuición mía. La casa de Bernarda Alba obra

“La casa de Bernarda Alba” se despide después de tres años ininterrumpidos, con giras incluidas, en el Teatro El Nacional con precios populares “para que todos la puedan ver”, según reza su cartelería. Esta versión cuenta con la actuación, en orden alfabético, de: Alejandra Rubio, Edda Díaz, Katja Alemann, Laura Espinola, Mar Mediavilla, María Rosa Fugazot, Mariana Prommel, Mimí Ardú y Silvia Kutika. 

Las actuaciones son impecables, destacándose enormemente los roles de María Rosa Fugazot, que encarna a la dura Bernarda Alba; Alejandra Rubio, quien hace estallar en lágrimas al público; Silvia Kutika, cuya voz suave, que apenas se sale de control, da ganas de gritar con ella; Edda Díaz, con una gran ternura, aunque espectral por momentos, y Mariana Prommel, que enfrenta a su madre al dejar la femineidad de lado.

La música y la iluminación de esta obra son un punto y aparte. Combinadas hábilmente con las situaciones generadas en la historia, la teoría del color nos tensa, nos enfría, nos da calor, no posee y nos hace de todo. Vamos de una sensación a otra, convirtiéndose así en una experiencia sensorial única.

      • Antes de finalizar, quiero hacer un parate para recordar a las inolvidables Norma Pons y Érika Wallner. Ambas supieron destacarse en esta obra y se ganaron el respeto del público, no sólo por las abultadas trayectorias que ya las acompañaban cuando se sumaron a los elencos, sino por el desempeño propio que habían alcanzado en sus respectivas ocasiones.


Si todavía no la viste, no hagas enojar a Bernarda y evitá que te parta su bastón en la cabeza. Hay funciones viernes, sábado y domingo a $200. Y. como dice Bernarda, “La gente que es feliz todo el tiempo, es gente idiota”… Bueno, la gente que deja pasar estas oportunidades teniendo la posibilidad de no hacerlo, quizás también lo sea.

Comentarios