Ricardo Ragendorfer

Entrevista exclusiva con el periodista Ricardo Ragendorfer. Su exilio en México en 1976, el libro “La Bonaerense”, el género policial en los medios de comunicación y sus últimos libros: “La maldición de Salsipuedes” y “Los Doblados”.

Es una tarde fría y soleada en San Telmo. En el bar Aconcagua, en la esquina de Estados Unidos y Bolívar, sólo hay dos mesas ocupadas. En una, junto a la amplia ventana, una señora de unos 60 años toma una Seven UP, y en la otra, más al centro, una joven pareja de venezolanos examina la carta. Hay cuadros de Gardel y Evita y banderines de clubes de primera y segunda división. Un policía de la Federal, apoyado en la barra, termina un café cinco minutos antes de que aparezca Ricardo. “Patán”, como muchos lo conocen, viste una campera rompeviento negra, saluda a la moza y se pide un café.

Más de 30 años en el periodismo. Formó parte del programa “El Otro lado” de Polosecki, trabajó en  noticieros como columnista y condujo  en Telefé “Historia del crimen”. Escribió en Página 12, en Ámbito Financiero, en la revista Gente y muchos otros medios gráficos.

“Hubo notas, sí, que me marcaron, como mi crónica publicada en Página 30 sobre la fuga de Devoto”, cuenta Ragendorfer. De dicha investigación periodística surgió la película “El túnel de los huesos” (2011). “La investigación sobre la bonaerense fue bisagra en mi carrera”, afirma.

¿Qué recuerdos tiene de sus años en México?

En México empecé a trabajar en la revista Interviú, fue ahí donde comencé. Hasta ese momento no me había planteado el periodismo como mi actividad, en realidad yo tenía una beca de la embajada austríaca para estudiar en la Universidad Nacional Autónoma de México. Pero dejé de estudiar, se me cayó la beca, empecé a buscar trabajo y encontré un laburo de periodista en la revista Interviú, donde trabajaba el periodista argentino Carlos Ulanosvsky. A la semana publiqué mi primera nota, que trataba sobre el ruido en la ciudad. En esa época había tantas posibilidades de que sea periodista como que sea plomero.

¿Con qué se encontró en el país cuando volvió de México?

La mayoría de los amigos que yo había tenido hasta antes de irme a México habían sido, cada uno a su modo, afectados por la dictadura. Algunos desaparecieron, otros se tuvieron que exiliar, algunos cayeron en combate y algunos vivieron un exilio interno.

Cuando volví, que eran los meses previos a la asunción de Alfonsín, se palpitaba el fin de la dictadura, ese período en que la dictadura ya terminaba. Estoy hablando de mediados del 83 en adelante. Era una época bastante interesante, bastante rica y, fundamentalmente, bastante divertida, porque existía la sensación de que todo era posible y que todo estaba por venir.

En  el primer lugar que escribí acá, en Argentina, fue en una revista erótica que se llamaba Piel Suave. Y después empecé a trabajar en El Porteño y en Cerdos y Peces.

¿Siempre al momento de escribir se enfocó sobre temas sociales?

En ese tiempo escribía de lo que sea, sobre cine o sobre lo que consiguiera. Tuve dentro del periodismo, en esa época, algún que otro laburo absolutamente aburrido. Por ejemplo, trabajé en una revista que se repartía entre los distribuidores de películas, entonces escribía críticas de cine. Me gusta muchísimo el cine, pero no me gusta escribir sobre cine.

 ¿Cuál es el cine que más le gusta?

Sería un poco arbitrario decir qué cine me gusta, pero desde Buñel hasta John Huston. En los años previos a hacerme periodista consideré la posibilidad de dedicarme al cine como director, aunque supongo que lo que me frenó en esa vocación  fue el hecho de que me hubiera costado laburar en medio de tantos colaboradores que tiene una película, como asistentes y camarógrafos. En ese sentido, me acuerdo de aquella frase de Godard que dice que escribir es hacer cine sobre la página en blanco.

Así como empecé a hacer periodismo de casualidad, empecé a hacer crónicas policiales, también por casualidad. Si bien muchas veces me toca escribir sobre políticos, sobre otras cosas que no son específicamente policiales, pienso que todo lo que escribo tiene una especie de estructura policial. Yo sería capaz de ponerle estructura policial hasta a una receta de cocina.

Ricardo Ragendorfer
Ricardo Ragendorfer

La mafia policial y José Luis Cabezas


Cuando el reportero gráfico de Noticias, José Luis Cabezas, fue asesinado en enero de 1997, Ragendorfer se encontraba escribiendo el libro “La Bonaerense”. Desde la revista ya venían investigando el accionar de “La maldita policía”.

“A los dos días voy a comprar Página 12 y en la tapa decía que una de las hipótesis del crimen era que laburaba en un libro sobre La Bonarense con Dutil y Ragendorfer, lo cual no era exacto. No laburaba con nosotros, sólo había hecho esa foto. El hecho de que a las 72 horas de uno de los crímenes más conmocionantes de los últimos tiempos lo relacionaran con nosotros y con un libro que todavía no había salido era bastante intranquilizador”, recuerda.

¿Cómo se enteró de la noticia del asesinato de José Luis Cabezas?

Cabezas había sido el fotógrafo de aquella famosa nota “La maldita policía”. Cuando lo matan fue un hecho bastante fuerte,  él era un compañero de trabajo. Yo estaba en la casa de Carlos Dutil escribiendo y me llama un fotógrafo compañero nuestro, Canton de apellido, y me cuenta. Yo cuelgo esa comunicación y seguí escribiendo. A los 80 caracteres, me paro y ahí me di cuenta de lo que realmente había ocurrido. Lo llamo a Dutil y le digo “mataron a Cabezas”. Se queda en silencio y unos segundos después dice “Puta, nos declararon la guerra”. Eso es lo que habíamos sentido.

La novela negra es un género que retrata las inequidades del sistema ¿Cómo se posiciona el cronista frente a los cambios políticos? ¿Piensa que puede haber más incursión en el género?

Evidentemente, las situaciones sociales y, fundamentalmente, los cataclismos sociales son semilleros de todo tipo de crónicas, como también las épocas no tan convulsionadas también son espacios propicios para hacer crónicas. No sé exactamente cuál es el elemento que hace que en determinado momento haya más crónicas que en otras.

Más allá de las características de una determinada etapa política, hay situaciones en las que determinadas actividades que tienen que ver con el arte o la comunicación florecen más que en otros períodos.

En la década del 60, por toda una serie de factores en diversos lugares del mundo, comenzaron a florecer tanto discursos de ruptura como nuevos discursos: Rodolfo Walsh, Truman Capote; es una especie de signo de la época donde comienzan nuevas formas de relato, de estructuras que, obviamente, reemplazan a otras que comienzan a ser obsoletas. Era una época efervescente en todo sentido: aparecían Los Beatles, el Mayo Francés…

Ahora no es exactamente así. A pesar de que existen y aparece todo el tiempo una multiplicidad de soportes y avances tecnológicos que de algún modo facilitan y democratizan la comunicación, la literatura, el periodismo, etc.; no hay una renovación estructural de esos lenguajes. Frente a un escenario tecnológico que te permite expresarte de la manera que quieras, no hay una renovación del lenguaje ni una efervescencia por revolucionar las formas de decir las cosas.

¿Qué análisis hace del género policial actual?

Hay cronistas que se vuelcan al policial. Algunos son muy buenos, tanto en periodismo como en literatura: Javier Cina, Cristian Alarcón, Osvaldo Aguirre. Hay más literatura policial que la que había hace 50 años y también una especie de democratización del género policial, en el sentido de que en el pasado era un género marginal y ahora no; aunque trate de cosas marginales. Es un género que ya forma parte de las ligas mayores de la literatura.

¿Ve algún cambio con respecto a esa “maldita policía”, investigada por usted en los 90 con respecto a la actual?

Tuvo una serie de marchas y contramarchas. Cuando hablamos de la “maldita policía”, de fuerzas que se autofinancian a través de la recaudación, estamos hablando de fuerzas que se autogobiernan. Estamos hablando de un Estado dentro de otro Estado.

Al principio, cuando nosotros escribimos “La Bonaerense”, pensábamos que ése era un fenómeno propio de esa fuerza policial y si algo nos enseñó estos años que pasaron, fue el hecho de tener la certeza de que ese sistema recaudatorio, ese autogobierno y esa forma de funcionamiento está extendida a todas las agencias policiales que existen en el país. Desmontar eso es muy incómodo, fundamentalmente por sus vinculaciones con el poder judicial y político. Esas vinculaciones tienen que ver con el financiamiento de la política y la subordinación del poder judicial.

No podrían existir agencias policiales como las que tenemos sin la complicidad de esos poderes. La única manera de remediar la corrupción policial es cambiando la forma de hacer política y cambiando la forma de administrar justicia.

Patán

¿Le llegan llamados ofreciéndole algún tipo de información?

Nunca un llamado es desinteresado. Siempre que te llama alguien para decirte algo o siempre que encontrás una fuente es porque se trata de una persona que te quiere contar algo o te quiere ocultar algo.

Pongamos como ejemplo “La Bonaerense”. Entrevistamos a muchos policías. Había canas que nos daban información y que acusaban ciertos actos de corrupción y otros que habían sido dejados de lado de algún negocio. Por eso te digo, todos tienen cierto interés en decir algo. Hay muy poca gente que te habla por idealismo. Es más, los idealistas no suelen tener informaciones. (Risas)

1. El minuto a minuto: Los casos policiales en la televisión


Ragendorfer sostiene que “la misión de los periodistas no es andar resolviendo crímenes por ahí, sino, entre otras cosas, investigar la investigación. La naturaleza de la televisión te obliga a eso. En realidad, lo que en televisión te presentan como una investigación es en realidad la puesta en escena de una investigación. Cuando hacés periodismo para la gráfica, la cámara sos vos”.

La maldición de Salsipuedes


En su anteúltimo libro, Ricardo se lanza por primera vez a la ficción, pero no por eso deja de ser algo diferente a ese mundo donde el cronista policial se mueve: Crímenes, robos y corrupción. Elige el caso Dalmasso (la mujer asesinada en un country de Río Cuarto en 2006). Lo resuelve y nos hace pensar que las semejanzas con la realidad no son sólo simples coincidencias.

¿Cómo surgió este trabajo?

Yo estaba negociando con Ediciones B hacer, en principio, una antología periodista mía y me dicen: “¿No querés escribir una ficción?”. Así surgió y la idea de la editorial era que estuviese inspirado en un caso real. Entonces, elegí el caso Dalmasso. Y lo elegí por dos razones: Es un caso que no lo había laburado, porque si hubiese querido escribir una ficción sobre un caso en el que sí yo laburé, iba a sentir que mi apego a los detalles habían malogrado ese viaje a través de la ficción. Y, por otro lado, porque más allá de las habladurías que hay en torno a la mina, entre el momento que la mataron, el hallazgo del cadáver, no se sabe absolutamente nada: No hay historia, entonces era un escenario ideal para inventar una historia.

Yo, en realidad, escribo sobre otra cosa en este libro. Es un libro sobre el comportamiento de cierta clase social, provinciana, en un período histórico que comprende tanto la dictadura como el menemismo. Es sobre eso de lo que trata el libro. Yo trabajaba sobre un esquema, pero no sabía hasta que llegué al último capítulo cómo resolver la novela.

Si me preguntaras la diferencia entre un texto periodístico y una ficción, te podría decir que mi objetivo particular en cualquier texto periodístico que yo escriba es que se parezca a una novela. En cambio, cuando escribo una ficción, mi propósito es que esa ficción parezca un texto periodístico.

“Los doblados”


El último trabajo de Ricardo acaba de salir a la venta. “Son cinco años de trabajo. Trata sobre las infiltraciones efectuadas por el Batallón 601 de inteligencia en Montoneros y en el ERP. Es una investigación periodística sobre los agentes que el ejército infiltró en las organizaciones de los años 70. Entrevisté a muchos milicos, ex militantes”.

Ragendorfer se ajusta su campera negra y se pierde por las calles, entre los turistas que disfrutan de los últimos instantes del hermoso sol que golpea contra las angostas veredas de San Telmo.

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