OBJETOS PERDIDOS - CAP 2

La cima con la que se encontró le resultó, como mínimo, decepcionante. Durante la escalada había pensado una y otra vez con qué se iba a encontrar una vez que llegara ahí arriba. Dependía sólo de su imaginación, ya que nadie sabía con exactitud, nadie le había podido dar detalles y su imaginación había resuelto que se encontraría con una explanada, la piedra ligeramente ahuecada por la erosión de años y años, y dentro de esa concavidad, toda una colección de cosas valiosas sin dueño, esperándolo: Joyas, adornos, tal vez herramientas o incluso armas. “Una buena espada, si llega a haber una de esas, me voy a volver con eso”, la ilusión lo ayudó bastante a mantener un ritmo firme y rápido mientras subía. Pero no se encontró con nada por el estilo.

Por empezar, no había nada parecido a la superficie allanada que había visto en su cabeza, sólo un terreno pedregoso y angular, por el cual le convendría andar con cuidado. “Si no me fijo por dónde piso, me puedo llegar a torcer o quebrar algo en este… ¡este basural!” La palabra definía bastante bien el panorama ahí arriba. El chico de la misión no podía creer que lo hubiesen mandado a buscar algún objeto valioso entre todo ese rejunte de porquerías; por todos lados había zapatos viejos —sorprendentemente de a pares—, juguetes rotos, valijas llenas de revistas…

—Estos, más que objetos perdidos, son objetos tirados —dijo, mirando a su alrededor, haciendo una visera sobre sus ojos con sus manos para cubrirse del sol del mediodía.

Su desilusión de a poco iba dando paso a una cierta incredulidad, hasta empezar a pensar que se había quedado dormido durante su descanso anterior y ahora estaba soñando. Si era así, era el sueño más lúcido que hubiese tenido; “y si es una broma de esas señoras, es la más pesada que se les pudo haber ocurrido”.

La indignación provocada por esa posibilidad le hizo olvidar por el momento su deseo de espiar más allá de la colina, hacia la ladera contraria por donde había llegado. “Si quieren un objeto valioso, no voy a volver hasta encontrarlo, para poder ver qué cara ponen”, pensó, volviéndose a concentrar en su tarea. Empezó a ir de acá para allá, agarrando y tirando las cosas a su paso, algunas de las cuales, efectivamente, eran basura: Latas vacías, envoltorios de plástico, piezas de metal oxidadas, de las que no podía darse cuenta de qué máquina habían salido.

Siguió así, mojándose la cabeza de a ratos para protegerse del calor, y no encontró una, sino dos cosas que posiblemente se podría llevar de vuelta: Un libro de tapa dura que se había conservado bastante bien dentro de una bolsa hermética, escrito en un idioma que no sabía si era el suyo, y un casco pesado, de metal, que también parecía haberse conservado mejor que las otras cosas de metal que había tiradas.

Nunca había aprendido a leer y en su pacífica aldea un casco —que le quedaba grande— no tenía demasiado uso, pero sin embargo le llamaron la atención ambos y quería llevárselos de vuelta.

—Puedo hacerlo, tranquilamente  —Decidió. Uno para las viejas y el otro, para él.

Había cumplido su tarea bastante rápido (la primera mitad, al menos). Todavía faltaba el viaje de regreso.

Guardó el libro en su bolso y se puso el casco, acomodándoselo lo mejor posible. No es que le faltara valor, pero decidió seguir el consejo de no seguir más allá y dejar esa exploración para otra oportunidad. “Ahora estoy medio cansado”, se excusó. Había sacado una manzana del bolso y la fue comiendo mientras empezaba el descenso.

En su búsqueda había dado más vueltas de las que pensaba y sus pensamientos sobre el recibimiento que le esperaba, sumado al estrecho campo de visión que le provocaba el casco, no le dejaron darse cuenta todavía de que se había equivocado de ladera.

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