La infancia de los 90 nos dejó recuerdos bonitos por los que nos cuesta encontrar un paralelismo con la infancia de la generación actual.

Nada de “todo tiempo pasado fue mejor”, es sólo que la infancia de los 90 dejó muchas marcas en nosotros: Series, películas, música, una moda algo cuestionable, pero, sobre todo, muchos objetos que nos desprenden recuerdos. Estos eran las partes geniales de nuestras tardes, del momento de tomar la leche y de llevar a escondidas al colegio para que no se enteren tus viejos. Eran otros tiempos… ni buenos, ni malos, sólo otros.

Decisiones incuestionables en los 90


Las cosas eran distintas, definitivamente. A nuestros ojos, las decisiones y responsabilidades eran importantísimas ¿O acaso elegías sin pensar una página de “Elige tu propia aventura”?

La gran aventura de estos libros era poder viajar por mundos impensados y a los que te “dejaban” ir. La decisión más importante de cada día, además de qué colita usar o qué compañerita iba a ser la destinataria de tus bromas, era la de dar vuelta la página y encontrarte con un final acorde a tus expectativas ¿Quién no resolvió misterios, viajó por cavernas e incluso estuvo en un submarino con sólo un libro?

Mientras más finales tuviera: MEJOR.
Mientras más finales tuviera, MEJOR.

Pero si hablamos de responsabilidades de la infancia, hablamos de un Tamagotchi. Para quienes no tuvieron el placer de conocerlos, un tamagotchi era una mascota virtual, un Dinkidino. Podías comprarlo en un kiosco y pasar tardes enteras alimentando a un bichito que no existía. Sea un dinosaurio o un pollito. Ahora, quizás un poquito más grande en edad y no en altura, veo que el Tamagotchi te enseñaba cuestiones de la vida…

Cosas bien básicas como para que nosotros, de chicos, lo entendiéramos. Si el bichito no comía, se moría. Si el bichito no jugaba, se moría. Si al bichito no lo cuidabas, se moría. Y mientras mejor —no más— lo tuvieras, más sano era. Hoy en día, aplica para las relaciones humanas, las mascotas, los bebés, el trabajo… para todo. Eran una especie de entrenamiento encubierto para cuando te “hicieras grande”.

Los millenials no tienen cómo rebobinar el cassette


Las formas de arte de aquellas épocas no eran las que conocen los bienaventurados millenials. Pero las pasiones que desataban, tampoco. Un cassette con tus canciones favoritas era un bien preciado. Más que un CD o un pendrive hoy en día ¿Por qué? Porque costaba mucho trabajo grabarlo.Cassette y lapicera

Primero, tenías que retroceder la cinta metiendo una lapicera en los circulitos de cinta para no gastar la pila del grabador. Luego, esperar con paciencia a que la pasaran en la radio. Dependiendo de tus gustos musicales y los gustos del operador, muchas veces te dormías sin que pasaran la canción… Todavía me acuerdo de un cassette de plástico blanco que contiene un enganchado de canciones de rock que me grabaron. No como regalo, sino porque las canciones que a mí me gustaban no se escuchaban tanto en las radios que llegaban a Santa Fe.

Spotify y Netflix de los tiempos que corrían


Una vez que estaban elegidas y grabadas, las canciones podías reproducirlas en el walkman. Ese aparato simple que llevabas a todos lados haciéndote la linda.

Imaginen caminar con eso como ahora caminamos con los MP3 o los iPad en los bolsillos… Sí, tenías que llevar una mochila o riñonera sólo para el aparato.

Ser hija única para mi era un suplicio, pero…tenía sus ventajas. Como mi mamá es fanática de todo lo yanqui, yo tuve juguetes yanquis también. Y uno de esos fue el View Master: un visor de imágenes. El View Master era, si querés, uno de los primeros acercamientos al 3D que tuvimos.

Infancia 14Para nosotros todo era una aventura, por supuesto. Ver imágenes en 3D, grabar cintas de canciones, reproducirlas… Hasta que llegó el discman y rezabas para que, mientras escuchabas el CD, el colectivo no agarrara ninguna loma de burro, porque saltaba y se cortaba la canción. Eso sí, si lo cuidabas, duraba un montón. Yo aún lo tengo y, lo peor, lo uso cuando viajo.

El marketing de nuestra infancia resultó: no podemos olvidarla


El momento de la merienda o los recreos también es algo que recordamos muy bien. Ya sea por lo que comíamos o por lo que jugábamos. Y a veces se conjugaban ambas, como en el caso de los tazos y las tolas.

En realidad, todas las colecciones de Pepsico Snacks desde 1994, con los primeros tazos o figuritas en plástico duro y redondas que dependían de qué película o dibujito estuviera de moda.

Me acuerdo de que con mi nona habíamos inventado un juego nuevo a base de tazos: La tapadita. Marcábamos en el piso una línea de tiza y, cual juego de bochas, tirábamos los tazos. Si tu tazo tapaba el mío, lo ganabas y acumulabas puntos. Así pasábamos las tardes entre mates y tazos con mi nona (¿Ya les di pena por ser hija única?).

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Cuando llegaron las tolas, yo ya estaba más grande, pero seguía comiendo papitas y todo lo de Pepsico, así que también las tenía. Jugábamos en los recreos como grandulotas a la payana con las tolas de Digimon.

Golosinas de los 90 para grandes y chicos


¿A ustedes les gustaban las mielcitas? Bueno, yo podía vivir a base de mielcitas (Ahora entiendo todo). Compraba tiras y tiras en el kiosco donde parábamos a hacer el transbordo del transporte escolar que me llevaba al colegio. Podía pasar horas chupando plástico ya, porque la mielcita era efímera. En sus porciones súper-mini-individuales podían durarte, como mucho, un minuto. Infancia 12

Pero lo que sí duraba eran los juguitos. ¿Se acuerdan de los juguitos? Salían $0,10, y dependiendo la calidad y la procedencia dudosa, hasta 2 x $0,10. Empezaba la época del calorcito y todos tenían un juguito en la mano. Con los dedos hinchados de tanto frío, de coca cola (que en realidad era Pen-diez) y hasta de limonada…

Las gallinitas y los heladitos eran un premio fijo de las sorpresitas de cumpleaños. Creo que era lo que más esperábamos de la fiesta, más o menos. Pero, en mi casa, también había frutillitas, que eran frutillas (claro), pero de gelatina insertadas en un palito verde que simulaba ser el cabito de la frutilla. Bueno, el punto es que así se negociaba mi buen comportamiento. Y resultaba.

Cosas asquerosas, pero atractivas de los 90


No sé qué fanatismo extraño tenían estas cosas. Pero, sin dudas, todos queríamos tener el asquimoco. Si te salía el tazo ganador en las papitas para canjearlo, genial. Y si no, tenías que jugar con el ajeno hasta que te tocara. Pero, alguna compañera de la escuela no me va a dejar mentir, nosotras teníamos una compañerita de primer grado que era súper mentirosa y quería ser amiga de todas (Sí, fui a una escuela de nenas solas). El tema es que, para convencernos de que vayamos a su cumpleaños, la chica inventó que su tío trabajaba en la “fábrica de asquimocos” y que iba a dar uno a cada una que fuera a su cumpleaños. Adivinaron: fuimos y no vencimos.

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Dentro de los juguetes desquiciados y pegajosos, también estaba el Pegaloco. Ése era inofensivo y no tan deseado, pero… te entretenía igual. Una mano viscosa con una tira también viscosa que la sostenía. Las cagadas a pedo que me comí por pegar esa cosa en el vidrio impoluto de la ventana de mi abuela, no se las explico.

Otros juegos noventosos que, te apuesto lo que quieras, no olvidaste más


Infancia 6Para los hijos únicos como yo, estos juegos estaban geniales. Este y el de los 1000 juegos en 1, que a partir del 50 se empezaban a repetir. Creo que a partir del 10, pero bueno. Este jueguito de agua del-cual-desconozco-el-nombre podía mantenerme tardes enteras peleando con el botoncito para que lance aire y embocara los aritos en los palitos.

¡Cómo olvidar a los pescaditos! Bueno, el Pesca Magic ¿Sabés que nosotros hacíamos torneos de esto en casa? (Nada clandestino, Lotería Nacional). Todo empezaba tranquilo, pero después la cosa se complicaba: Las tanzas se tensaban y las cañitas no soportaban la presión de los jugadores. Así que empezamos a timbear (Nada clandestino, Lotería Nacional) jugando a la loba y al chinchón en familia. Y sí, soy hija única, ¿qué voy a hacer?

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Pero, pará, si había un juguete diseñado especialmente para que los hijos únicos la pasáramos bomba era el yo-yo. En la tele te enseñaban a hacer figuras con un simple hilo y madera, para que después pudieras hacerte la genia en las fiestas. Capaz, si te salía el monociclo, hasta podías tener más amigos y todo…

Nuestra infancia fue… nuestra


En resumen, nuestra infancia fue la mejor porque fue nuestra. O porque la hicimos nuestra. Con la inventiva, con juegos de manos, con lo que había. Y si, al final del día, te acostabas a dormir y tu imagen era esta…

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Sin dudas había sido el mejor día de tu infancia. Cerrá los ojos, mirá las estrellas pegadas en el techo una vez más ¿Viste? Ahora, buen día.

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