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El viernes se cumplió otro aniversario del nacimiento de Sandro. Lo recordamos como una estrella de la música romántica y un exponente de la cultura popular. Todos sabemos alguna canción suya, tengamos la edad que tengamos. No necesitamos haber sido seguidores o fanáticos para saber detalles de su vida personal, ya que siempre fue noticia y tuvo presencia en los medios.

Sigue siendo un icono: la bata roja, el pelo alocado, la voz temblorosa y la risa canchera. Ni hablemos del baile y la vestimenta característicos, los romances confirmados y los murmurados.

La vida de Sandro


Sandro nació el 19 de agosto de 1945 y fue bautizado con el nombre Roberto Sánchez. Sus padres habían intentado anotarlo en el registro civil como Sandro, pero no fue posible. Muchos años después, en los comienzos de su carrera como cantante de rock, adoptaría ese nombre junto con la identidad gitana de su abuelo.

Creció y vivió hasta su adolescencia en Lanús, una localidad de zona sur. Durante toda su carrera paseó por incontables estilos e incursionó en el cine, como actor principal y también como director. Generaba una atracción inmensa en el público y la mayoría de sus producciones fueron éxitos. Carismático y amado hasta el final de su vida, hoy vamos a recordar la trayectoria de Sandro.

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La historia musical de Sandro


Quienes lo conocieron, pudieron ubicar el germen que dio comienzo a su carrera en un acto de 9 julio, mientras cursaba su último año de primaria. Sus maestras y compañeros de colegio lo conocían por sus impecables imitaciones de Elvis Presley. Lograba duplicar la vestimenta y el baile a la perfección y se desenvolvía con carisma, le gustaba mucho ser el centro de atención. En esa primera actuación se llevó el aplauso del público y esto marcó su camino para siempre.

Algunos años después, durante la escuela secundaria, formó parte de distintas bandas de rock, como Juvens. Abandonó los estudios secundarios para ayudar económicamente a su familia. Su amigo Enrique Irigoytia lo educó en materia musical enseñándole a tocar la guitarra. Luego de participar de varios concursos musicales en conjunto, Roberto y Enrique fueron ganando reconocimiento. Sus espectáculos presentaban al público una lista de temas de lo más variada. Incluían música litoraleña, rock, baladas y tangos. Con la banda Los de fuego, Sandro se hizo realmente famoso, luego de que el cantante principal perdiera la voz y él tomara su lugar.

Al mediados de los años 60, Sandro ya era conocido como “el Elvis latino” y “el Elvis criollo” en la televisión nacional. Su baile plagado de movimientos pélvicos era la sensación. Lo curioso es que su música y su voz no se parecían en nada a los sonidos de Elvis. Sus seguidoras, exaltadas e imitando el comportamiento de las fanáticas británicas con respecto a Los Beatles, lloraban, gritaban y se desmayaban en sus shows. Esto acrecentó enormemente su fama como galán y símbolo sexual.

Más cerca de los años 70, dejó de hacer rock para hacer música romántica con influencias más latinas. Sus influencias modernas del jazz y la música popular lograron el efecto esperado y fue catapultado a la fama en todo el continente. Incluso sus discos tuvieron éxito en las comunidades latinas que habitaban en otros lugares del mundo. El disco bisagra fue “Beat Latino”, demostrando en su nombre el cambio de estilo que también fue visible en su estética. Abandonó el cuero, los colores y los brillos del rock para pasar a vestir trajes elegantes. Sin embargo, conservó intacto su pelo alocado, sus patillas y sus movimientos sensuales.

Las nenas de Sandro


Desde el inicio, las canciones de Sandro, su estética y su lenguaje corporal estuvieron dirigidos a las mujeres. Todo su accionar artístico hablaba de seducción, pasión, amor y romances. Su capacidad de cosechar fanáticas de varias generaciones fue excepcional. Las fanáticas más fieles y desenfrenadas que el espectáculo había conocido en nuestra tierra fueron puro mérito de Sandro. Él las llamaba “mis nenas”. Se dice que en sus recitales volaban incontables bombachas, corpiños y peluches que sus fans le arrojaban.

fuente: lavozlibre.com
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Fumador empedernido por décadas, Roberto Sánchez se enfermó de gravedad en algún punto cerca del año 1990. El acompañamiento incondicional de sus fanáticas —que lo habían empezado a seguir cuando eran adolescentes— se hizo notar en cada internación o intervención médica. Las “nenas de Sandro” armaban altares con flores, fotos y velas, coordinaban cadenas de oración e incluso acampaban por días hasta verlo salir de las clínicas.

Las nenas eran protagonistas de interminables vigilias de señoras, abuelas y señoritas en las inmediaciones de su casa, hospitales y shows. Lo siguieron y acompañaron hasta el final. No lo dejaron solo ni un momento ¿Cómo podríamos conseguir mejores pruebas del amor que le tenían? Una admiración total de parte de colegas y críticos nos hablan de su calidad musical. Incluso hoy en día lo reconocemos y le damos el papel central en nuestra historia musical, compartiendo podio con algunos pocos.

Perdimos a Roberto Sánchez el 4 de enero de 2010. Lo queremos por su identidad, su estilo, sus letras y su actitud fuera del escenario. Recordamos a Sandro, tarareamos sus canciones, las entonamos en los karaokes y las escuchamos aún hoy en distintas plataformas. A veces el artista, su obra y el público no están completamente desconectados.

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