Viajar en bondi - Imagen de Diario La Voz

Miré la hora: 19:45. Me quedé parado pensando en si me faltaba algo (siempre hago eso cuando salgo a algún lado y es que me suelo olvidar las cosas). Me palpé los bolsillos y mis manos se encontraron con mis llaves, mi celular, mi tarjeta SUBE y mi billetera. “Sí, creo que no me falta nada” pensé.

Apenas salí al patio sentí cómo el frío me calaba hasta los huesos. Me encanta el frío, lo amo como si se tratase de mi familia (por más loco que suene eso), pero lo curioso es que soy muy friolento: Cuando muchos por ahí no tienen tanto frío, yo ya estoy temblando.

Así que para no resfriarme, volví y fui a buscar mi campera de cuero. De paso fui al baño para arreglarme un poco. No lo hago casi nunca, soy una persona muy desprolija en ese sentido, por lo que con suerte me acordé de hacerlo esa vez. Me miré al espejo y me dije “Sí”, como si yo mismo me aprobara. Aunque no era verdad, yo nunca me aprobaba, siempre me veía y pensaba lo feo que me deberían ver los demás. Qué estupidez, ¿no?

En fin, salí del baño y volví a mirar la hora: 19:49. Suspiré.

—Siempre lo mismo —murmuré.

Tenía que estar en el punto de encuentro para las 20:00 hs. y para eso tendría que haber salido de casa a las 19:30. Pero, claro, me acostumbré tanto a salir tarde a todos lados que ahora me resulta casi imposible evitarlo.

Sin más retrasos, salí de mi casa y me dirigí a la parada de colectivos. Miré hacia arriba y me alegró por unos segundos. Me encanta ver ese color oscuro (pero no tanto) que tiene el cielo cuando está anocheciendo. Además, se trataba de un día especialmente frío, lo que siempre me pone de mejor humor.

Llegó el colectivo. Me llamó la atención que tenía apagadas las luces de su número que, en general, significa que se encuentra fuera de servicio, pero como vi que había gente adentro le hice dedo y me paró.

—$6, por favor.

Pagué y me fui a sentar al fondo a la izquierda, en el lugar al lado de la ventana. Mientras el colectivo recorría el camino que yo tanto conocía, apoyé la cabeza en la ventana y me puse a mirar a las personas que estaban ahí. No había mucha gente: A la derecha, adelante de todo, una mujer y un anciano; un poco más atrás, una mujer con dos niños (probablemente sus hijos) y detrás de ellos, un hombre bastante alto; a la izquierda había sentadas dos chicas adolescentes que, por cómo hablaban entre ellas, serían amigas, hermanas o primas tal vez; y atrás de todo, en el fondo (a cuatro lugares de donde estaba yo), un hombre de traje con una valija en el regazo. En total, nueve personas; diez conmigo.

Pensé en lo mucho que dependen las cosas de los puntos de perspectiva con los que se las mira. Para ser un colectivo que transporta gente todo el tiempo, estaba dentro de todo vacío, así que esas diez personas eran muy poco comparado con las treinta y pico que puede haber a veces, cuando el chófer tiene que pedir que hagan lugar porque no entra más nadie. Y si se compara con la cantidad de gente que camina todo el tiempo por el centro o en un shopping, o con la cantidad de personas que viven en una ciudad, o en una provincia, o en un país…

Viajar en colectivo

Diez personas no son nada. Y, sin embargo, cuando miré a cada una sentada en el colectivo, me puse a pensar en cómo podría haber sido su vida; qué harían en ese momento, qué estarían pensando o a punto de hacer, qué sería de su vida en un futuro. Incluso llegué a pensar en qué cosas lindas y feas habría vivido cada una de esas personas ¿Aquel anciano de adelante viviría solo o tendría esposa? ¿Habría muerto su esposa? ¿Moriría él unos días después?

Eran bastante macabros esos pensamientos, pero yo no podía parar de pensar, y es que todas esas cosas eran efectivamente algunas de las infinitas posibilidades de esta vida. Cualquiera de los ahí presentes podría estar necesitando en ese momento que alguien lo abrazara y le dijera “Todo va a estar bien, contás conmigo para lo que sea”. Pero, ¿tiene sentido que un desconocido haga eso? No y mucho menos porque jamás ninguna de esas personas hubiera dicho algo al respecto. Todos mostraban lo que querían mostrar, así es cómo funciona.

Claro, como estaban las cosas negativas, también estaban las buenas. A lo mejor, el hombre de atrás estaba chocho porque acababa de conseguir un buen empleo. Capaz las chicas que estaban hablando tan alegres estaban por ir a un cumpleaños o a salir a bailar. Me hubiera gustado enterarme de esas cosas y es que me gusta ver felices a los demás, incluso aunque no los conozca. Me gusta escuchar a la gente, que me cuenten de lo bueno que les pasó y me compartan así sus alegrías. También me gusta que me cuenten lo malo, si así lo quieren. A veces ayuda a “sacarlo”, a desahogarse y sentirse mejor; me gusta eso porque cuanto más alegres veo a los demás, más alegre me pongo yo; si sé que pude hacer un poco más feliz a alguien o ayudarlo con algo, siento que algo dentro de mí se llena.

Pero no me iba a enterar de ninguna de esas cosas; no tenía sentido que me acercara a hablarles a todos, uno por uno, y a preguntarles de su vida. Si lo hacía iba a quedar muy “raro”, me iban a contestar sólo lo que querían y probablemente los hubiera molestado. Tampoco me gusta molestar, así que me quedé ahí sentado.

Sí, éramos pocos, diez en total. Bueno, en realidad once contando al chófer. Porque sí, el chófer también cuenta como persona. Aunque no era un pasajero, era quien se encargaba de llevarnos a dónde nosotros queríamos. Seguro él también tenía toda una historia llena de toda clase de anécdotas, de emociones, de miedos, dudas, victorias y derrotas; todo eso y mucho más. Y ahí estaba, como todos.

Sí, éramos sólo once, pero la vida de cada uno era tan amplia que no podría resumirse con un simple número.

Qué loco, entonces, pensar en la cantidad de veces que vi alguna vez en las noticias casos de gente que murió por alguna u otra razón (accidente de tránsito, homicidio, suicidio…) y pareciera como si nada cambiara. Seguro las familias y las personas cercanas a todos ellos se vieron muy afectadas. Pero la gente sigue muriendo. Sigue habiendo accidentes. Sigue habiendo locos que matan. Sigue habiendo suicidios y la mayoría de las personas (incluyéndome) viven la vida de manera normal, sin hacer nada. Vemos esas noticias y pensamos “Qué feo…”, incluso nos puede generar angustia por un breve instante, pero ¿qué hacemos al respecto? Por lo menos yo, nada. Me encanta ver bien a la gente y ayudarla, y sin embargo…

Con suerte vislumbré el toldo de una heladería que estaba una cuadra antes de mi punto de encuentro. Me apresuré a tocar el timbre. Como siempre, había tenido que cortar el chorro de mis pensamientos para bajarme. Nunca tenía tiempo suficiente para llegar a una respuesta que me dejara satisfecho. Y es que quizá no había una. Quizá encontrar una solución de aquello era demasiado complicado para resolverlo en unos minutos, sentado en un colectivo.

Me bajé y vi que mis amigos estaban de espaldas, en la esquina. Seguramente sólo me estaban esperando a mí. Mientras caminaba hacia ellos, sonreí al pensar en lo importantes que eran. Me di cuenta de que si algo podía hacer en ese momento era estar para esas personas, pasarla bien con ellos, aprovechar el tiempo que teníamos juntos. Así que llegué hasta donde estaban, los saludé y, por fin, dejé de pensar.

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