La casa de los conejos

Del altillo secreto que hay en el cielorraso no voy a decir nada, prometido. Ni a los hombres que pueden venir y hacer preguntas, ni siquiera a los abuelos. Mi padre y mi madre esconden ahí arriba periódicos y armas, pero yo no debo decir nada.” Alcoba, Laura (2008). La casa de los conejos.

La dictadura y el terror de la década del 70 contado por quien en ese momento era una niña de siete años. Porque la memoria no se borra, esa muchacha nos habla 35 años después, recordando cómo era su vida en los días que vivía en la clandestinidad.

Hay una casa en la ciudad de La Plata que fue bombardeada y que todavía conserva la marcas de los disparos de ametralladoras, tanto en el frente como en su interior. La misma lleva el nombre de MarianiTeruggi, un espacio de memoria, verdad y justicia, y declarado de Interés Nacional

CasaMarianiTeruggi

Hace pocas semanas leí por primera vez “La casa de los conejos”, la  novela de Laura Alcoba. Esa es precisamente la vivienda atravesada por las balas después de que fuera rodeada por fuerzas militares y policiales el 24 de noviembre de 1976.  Allí, unos meses antes, Laura pasaba los días y las noches.

Hija de militantes montoneros, reside en Francia desde los diez años. Es través de este libro donde nos presenta todos los recuerdos que tiene de cuando era apenas una niña y no podía cometer ningún error para que ni ella ni su familia fueran descubiertos por la policía. Y esa evocación nos hace viajar a en el tiempo, a pensar cómo hubiésemos actuado o si podríamos haber soportado todo ese camino lleno de silencios que la autora recorre.

En “La casa de los conejos”, ubicada en la calles 30 entre 55 y 56, no sólo había jaulas y se preparaban escabeches. Tras una pared, a la que Laura se refiere con el nombre de “embute”, funcionaba una imprenta oculta en donde se publicaba la revista “Evita Montonera”.

Un mundo extraño en “La casa de los conejos”


La diversión  y el esparcimiento, tan necesario para una nena como es poder ir al colegio, a la casa de una amiga, a una plaza o a jugar en la vereda. Todas esas cosas simples son arriesgadas y peligrosas. Laura nos muestra esa cotidianidad donde cualquier error que ella cometa puede llevar a la pérdida de su familia. La responsabilidad y la presión con que se mueve, la capacidad de poder mentir y de no decirle a nadie a qué se dedican en realidad sus padres, nos acerca a la vida de una niña que vive situaciones extremas, pero que no deja de perder toda la ternura que tiene una chica de esa edad.

Y muchas de las historias que atraviesa este libro son parte de nuestra identidad. Laura recuerda a Diana Teruggi, que vivía junto a ella en la casa y  que estaba a punto de dar a luz. Clara Anahí nació el 12 de agosto de 1976, pero Laura ya no se encontraba en la vivienda de calle 30: Se había a vivir con sus abuelos para luego encontrarse en Europa con su madre, que ya había podido salir del país.

Clara Anahí, hija de Diana Teruggi y Daniel Mariani.
Clara Anahí, hija de Diana Teruggi y Daniel Mariani.

El 24 de noviembre de 1976, cuando se cumplían seis meses del golpe cívico-militar, llegaron 200 hombres armados con tanques, fusiles y granadas. Clara Anahí, la única sobreviente, que tenía en ese entonces tres meses, fue secuestrada. Su madre, que la protegió hasta el final, fue asesinada junto a otros cuatro compañeros después de resistir casi cuatro horas. El padre de Clara Anahí, Daniel Mariani, no se encontraba en el lugar en el momento del ataque, pero fue asesinado por la dictadura al año siguiente.

Uno de los comandantes de aquel operativo fue el genocida Miguel Etchecolatz, condenado a reclusión perpetua en 2006 por crímenes y violaciones a los derechos humanos. El Tribunal Oral Criminal Federal Nº 1 platense le concedió el beneficio de la prisión domiciliaria y se estima que podría hacerse efectiva la próxima semana. Ante esto, se realizaron diversas movilizaciones populares en contra de que el ex director de Investigaciones de la Policía Bonaerense durante la dictadura vuelva a su hogar.

Clara Anahí, el pasado 12 agosto, cumplió 40 años. Su abuela, Chicha Mariani, fundadora de la asociación Abuelas de Plaza de Mayo, su familia y todo un país la siguen buscando.

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