OBJETOS PERDIDOS - CAP 1

Se sentó en una piedra a admirar el paisaje y tomar un poco de agua, sólo un poco.

—Bueno, ya no falta tanto.

Había empezado el ascenso a las sierras a primera hora de la mañana; ahora se acercaba el mediodía y la aldea no era más que una miniatura chistosa allá abajo, lejos. Más allá, un bosque, un río, campos, cada uno por su lado. El pequeño mundo conocido. Más arriba, adelante… nadie le dijo lo que le esperaba allá. El oráculo de las viejas sólo le dijo en qué dirección ir.

Sus pies le habían empezado a molestar un poco y podía imaginarse la piel de su cara, estando roja en algunas partes y pálida en otras.

—No puedo parar mucho igual, estoy haciendo buen tiempo y debería seguir así— le dijo al aire y otra voz sonó, clara y fuerte, atrás suyo.

—Pero alguien más te escucha.

Se dio vuelta tan abruptamente que casi se cae de su piedra/asiento, sorprendido al punto del espanto, pero sólo vio el camino que seguía ascendiendo hasta la cima, casi tan cerca que inmediatamente se recriminó haberse detenido en lo absoluto.

Basta“, pensó. “Me debo haber insolado, como un idiota”. Decidió seguir el viaje sin más demoras. Se descolgó los auriculares, guardó el walkman —sólo se había traído dos casettes—, se echó agua en la cabeza y siguió avanzando.

Por primera vez desde que había empezado todo, se preguntó por qué había sido él el elegido para ir hasta allá arriba.

—Nadie me preguntó y yo no protesté.

La verdad es que estaba mal visto protestar ante el círculo de las viejas madres del pueblo, su voz era lo más parecido a la ley que conocían. Por eso, cuando las señoras fueron hasta su casa —todo un honor— y le explicaron lo que tenía que hacer, nadie objetó nada, ni él ni sus padres, simplemente empezaron los preparativos para su viaje. Eso había sido hacía dos noches.

No importa, es algo sencillo”. Tan sencillo como llegar a la cima, donde se sabía —se sabía— que había muchos objetos perdidos, reliquias de todo tipo, y volver con alguna de ellas.

—No sabemos cuál, pero tenemos completa confianza en que vos vas a saber.

Esa era toda la guía que había recibido de parte del oráculo. Eso y las advertencias de siempre: “No desvíes tu camino”, “No hables con extraños” (¿Quién era, acaso, Caperucita Roja?). Pero había habido una advertencia inusual, casi fuera de lugar: “Una vez en la cima, no sigas hacia el otro lado” ¿Y por qué habría de hacerlo?

En ese momento se dio cuenta de que en sus años jóvenes, llenos de preguntas, nunca se le ocurrió preguntarle a nadie qué era lo que había más allá de las sierras. Simplemente nadie hablaba de eso, nunca.

Pensando en eso llegó al fin hasta la cima, a cumplir su trabajo… y tal vez mirar un poco más allá, sólo un poco.

¿Quién se iba a enterar?

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