digital composite of laptop with hacking graphic

En general, nadie se predispone a perder: nadie lo quiere, aunque luego, tal vez, termine acostumbrándose a perder —y tomarle cariño a los últimos puestos—. Para evitar cualquier tipo de pérdidas, se intenta entrenar, nombrar, etiquetar, visualizar, recordar, controlar, poner clave…

Las cámaras de seguridad son, dicho sea de paso, un caso digno de mención: es necesario, sin embargo, saber mirar, saber leer, saber interpretar cada situación que ocurre del otro lado ¿Qué ocurriría si alguien no supiera que esas imágenes corresponden a hechos reales y creyera que lo que ve es un reallity show? ¿Y si “leyera” esas imágenes como una serie policial y no, por ejemplo, un asalto a un banco?

¿Qué pasaría si la misma persona —por el motivo que fuera— desconociera el código utilizado? Lo mismo ocurre cuando alguien intenta revisar el celular de otro y desconoce la clave. Hasta que, claro, a veces logra sacarla o la consigue por medios poco legales.

Durante el viaje que hice recientemente a Bolivia conversé con mucha gente: había hablantes de quechua, aimara, español, francés, inglés, alemán, etcétera. Una de estas personas me dijo que conocía todos los idiomas anteriores, pero que no los podía hablar. Puntualmente, desde chica sus padres le habían “enseñado” —sin querer queriendo— que el quechua era una lengua prohibida, ya que era el código que utilizaban para comunicarse cuando no querían que ella entendiera. Por ende, nunca se lo enseñaron; lo aprendió de grande, ahora lo entiende, pero no tiene la capacidad de hablarlo.

Tener códigos es mejor


En la película “The Imitation Game” (2014) —nos la tradujeron como “El código Enigma”—, el matemático británico Alan Turing logra descifrar el lenguaje de la máquina de la marina nazi, que encriptaba mensajes sobre la ubicación estratégica estadounidense. Tener los códigos correctos se convirtió entonces en una cuestión de superioridad, a tal punto que habría garantizado el triunfo de los Aliados: la paz mundial.

Los tres primeros... y los otros también
Los tres primeros… y los otros también.

Respecto a este punto de la paz, el filósofo Michel Foucault en Genealogía del racismo apunta que “la guerra es la que constituye el motor de las instituciones y del orden: la paz, hasta en sus mecanismos más ínfimos, hace sordamente la guerra. En otras palabras, detrás de la paz se debe saber ver la guerra; la guerra es la cifra misma de la paz”.

Se dice que “la historia la escriben los que ganan”: los que manejan el código de la victoria —que también implica la derrota de los otros—. Asimismo, “la función de la historia [en un sentido auténtico, la “nueva historia”, según el Foucault] será entonces la de mostrar que las leyes engañan, que los reyes se enmascaran, que el poder ilusiona y que los historiadores mienten. Por consiguiente, no tenemos que vérnoslas con una historia de las continuidades, sino con una historia del desciframiento, de la revelación del secreto, de la reversión del engaño, de la reapropiación de un saber sustraído y oculto, de la irrupción de una verdad sigilosamente guardada”.

Tiwanaku, ruinas de una cultura milenaria, a kilómetros de La Paz
Tiwanaku, ruinas de una cultura milenaria, en el departamento de La Paz.

Perderse entre códigos culturales


Un comentario final sobre uno de los museos que visité en Bolivia, el de las ruinas de Tiwanaku —una cultura que surgió hace unos tres mil años y cuyo símbolo más conocido es la Puerta del Sol—. En una de las salas, dedicada a la cerámica y otros productos culturales, encontré un mensaje revelador para seguir pensando esto de los códigos: “Los materiales portátiles circulaban con mucha información y mensajes en espacios sagrados y profanos del centro ceremonial de Tiwanaku, donde los usuarios activos de los objetos podían leer su significado”.

La perturbadora sensación que me recorrió de punta a punta en ese instante tuvo que ver con caer en la cuenta de todo lo que no logro visualizar, comprender ni descifrar cotidianamente. De qué códigos me pierdo por intentar “leer” la realidad con criterios, pistas e inquietudes incorrectas o insuficientes.

¿Cuáles son los mundos que me pierdo por escanear mis días sin demasiado interés por ir siempre más allá, para ver lo que a simple vista no se ve?

Comentarios