Los cerros colorados crean una atmósfera rarísima.

Madre, hija y nieta desayunan en la mesa de al lado del hostel y se les nota lo chileno al hablar. Estamos en Sucre. La mayor dice que hay mucha discriminación hacia los bolivianos, que el país tiene muchísimos lugares para mostrar y que no es como La Serena, donde lo único que hay para hacer es sentarse a mirar el mar; la hija dice que tiene razón la mamá; la nieta quiere yogurt y no hay.

A Sucre llegué tras pasar una tarde, una noche y media mañana en Tupiza, a 2850 metros de altura. Me arrepentí de haber hecho una reserva en mi próximo destino, porque esta ciudad de 43.000 habitantes tiene más sencillez y dinamismo del que parecía ¿Cómo es? El centro está muy bien iluminado —me sentía más seguro que en mis pagos—, un templo antiguo y bonito, puestos callejeros de lo que quieras y cerros colorados que crean una atmósfera rarísima.

Había amanecido fresco, aunque la temperatura recién empezó a subir cuando apareció el sol desde atrás del valle. Desde el balcón en que desayuné café con frutas y panqueques veía, entre tragos y bocados, cómo se descubría el oscuro manto helado que envolvía la ciudad. Ese mismo matiz dorado iluminaba y desperezaba las calles. Cuando tuve que salir, me abrigué lo mejor que pude y luego transpiré casi todo el día; encima me tocó horno con ventanilla en el viaje.

En la terminal de buses —nada de andar diciendo bondi o colectivo por acá— me puse a hablar con Ana y con Antoine, viajeros franceses por un mes. Ella es profesora de ezpañol y él, ingeniero informático. Nos despedimos por la tarde en Potosí, donde ellos se quedaban a pasar la noche mientras que yo saltaba a un nuevo bus: Rumbo a Sucre, una de las capitales de Bolivia.

Llegamos pasadas las 20.30. El primer taxista me quiso cobrar 10 bolivianos, pero ya estaba advertido sobre ese tipo de astucias; el siguiente ofreció cobrarme la mitad y acepté. Al llegar al hostel, no figuraba mi reserva; sin embargo, conseguí otra habitación casi al mismo precio.

Unos días en la Ciudad Blanca


A riesgo de ser redundante y hacer un juicio apresurado, me atrevo a decir que Bolivia es pluritodo: Combinan con gran originalidad estilos arquitectónicos, gastronomía, las mercaderías en los negocios  y los tipos de transportes. Hay una de sus ciudades, por ejemplo, que tuvo cuatro nombres: Charcas, La Plata, Chuquisaca y, finalmente, Sucre, alias la “Ciudad Blanca”. Podría agregar “La de las Veredas Bien Angostas”, más que las de La Plata (Argentina) y que, incluso, las de Buenos Aires.

Sucre es conocida como la Ciudad Blanca - Bolivia
Sucre es conocida como la Ciudad Blanca. ¿Se nota?

Sucre es la capital constitucional del Estado Plurinacional de Bolivia, es decir, sede del poder judicial —La Paz, en cambio, es la sede del gobierno, tanto de los poderes ejecutivo como legislativo—. Los días a 2790 metros sobre el nivel del mar transcurren entre contrastes: Vendedores fijos y móviles, estudiantes uniformados y turistas enzapatillados, comedores al paso y restaurantes premium, museos cerrados y patrimonio cultural a cielo abierto.

En la acrópolis de Sucre está la iglesia de la Recoleta, que tiene un museo al que llegué quince minutos tarde —la subida empinadísima de las varias cuadras también me retrasó y al llegar, tuve que sacarme el buzo, porque increíblemente ahí parecía veranito—. Allí dentro se conserva, entre tanta cosa valiosa, un cedro milenario que sólo se puede abrazar entre ocho personas, según la guía de la Casa de la Libertad —donde se encendió, el 25 de mayo de 1809, la pólvora de la revolución en el continente.

El punto es que en la parte más alta de la ciudad no pude visitar el museo, aunque sí el mirador panorámico, ¿ya? Existen también otros edificios históricos del centro que permiten subir a las terrazas. Lo que sí pude hacer en la Recoleta es participar de una feria ambulante, que consiste en un gran dispositivo gastronómico y de diversiones —no pongo en duda que la buena comida divierta—. Más de 150 metegoles, juegos de kermese, helicópteros, una vueltita al mundo y varias calesitas traccionadas a sangre; respecto a la comida, había tamales, choripanes, jugos exprimidos y mucho chancho hamburgueseado. Entre los fierros y a todo volumen suena “Pídeme la luna”, en una de sus múltiples versiones.

Los corredores de la Casa de la Libertad - Bolivia
Los corredores de la Casa de la Libertad.

Unos museos resultan más atractivos que otros, algunos atractivos surgen imprevistamente en las calles y ciertas comidas del mercado son más potentes que otras —una vez pedí “lomito”, que se terminó convirtiendo en dos churrascos más papas fritas, arroz blanco con huevo frito y aderezos para todos: 14 bolivianos la comida y 1,50 el jugo de tumbo (sí, así se llama, y el joven vendedor me lo tuvo que repetir como tres veces).

La última noche en Sucre


Sonia y José son hermanos: Ella ya tiene la edad de saber hacer malabares con tres naranjas y el más pequeño apenas intenta con dos. Me los encontré por la noche en la Plaza 25 de Mayo, la del centro, pidiendo monedas ante cada banco, bajo las farolas blancas y espléndidas, como las fachadas de esta ciudad. Hay, también, skaters, un grupo que hace hip hop y una pareja que baila cueca.

Hoy sí refresca un poco más y, por fin, mi ropa es la adecuada. De todas formas, la noche se disfruta sola en esta ciudad que es Patrimonio Cultural de la Humanidad. Ahora tengo que seguir viaje. Hay más Bolivia todavía.

Viaje a Bolivia
La capital, Sucre, vista desde un campanario.
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