Roberto Arlt

“El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo. Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un cross a la mandíbula” Roberto Artl, “Los Lanzallamas” (Prólogo)

Corría el año 2006.2208-roberto-arlt

Tenía quince años y varios libros acumulados en mi haber, leídos y empotrados en una biblioteca de pino que me había regalado mi abuelo.

El mueble tenía seis pisos: En el primero se acumulaban los libros de química, física y biología (seguramente alguno que otro de matemática también), mezclados con Truman Capote, Isabel Allende, García Marquez y Benedetti. Más arriba y en el segundo piso estaban los libros que no me decidía a leer: algunos de Borges, varíos de poesías, algún autor desconocido que encontraba en un saldo de Avenida Corrientes y esperaba que me sorprendiese. El tercer piso correspondía sólo a la reina del crimen, Agatha Christie, con setenta novelas y compilaciones, autobiografía incluida. En el cuarto los ídolos del policial negro estadounidense y el trhiller encendían cigarrillos y tomaban whisky como si no hubiese un mañana, mirando, entre respetuosos y soberbios, a la dueña del piso de abajo: Cain, Highsmith, Stout y Chandler eran los más escandalosos. Un poco más arriba convivían Perry Mason y Maigret, dos personajes de los que me enamoré un verano en San Bernardo al rastrillar un reducto plagado de libros viejos y baratos.

En la punta de la biblioteca, formando parte del sexto piso, mis amados autores argentinos, con Cortázar llevando la delantera, seguido de los cuentos de Horacio Quiroga, Antologías de Sasturain, novelas de Rodolfo Walsh, cuentos de Poly Bird. Escritores unidos no por el género, sino por la tierra.

Mi sexto piso no estuvo completo hasta el 2010, año en que conocí a Roberto Artl.

No sé cómo definir su escritura más que como visceral, llana, directa al hueso y cargada de sentido… fue uno de los primeros en enseñarme dos cosas muy importantes a la hora de escribir: La primera es que las palabras muchas veces restan más que sumar, la segunda es que los personajes perdedores son los más interesantes: Nada por perder, todo por ganar. Miserables, infames, pero tan humanos como nosotros, los lectores.

Una pluma salvaje que no necesita ser domada, un pincel que pinta en las líneas de sus textos la sordidez del conurbano en los años 20-30. Personajes misteriosos, asociaciones ilícitas, intentos de revolución y levantamiento de los sufrientes, la esperanza de un nuevo mundo… Todo eso mezclado de una manera que no empacha, que no satura. Protagonistas encontrándose en la estación de trenes de Temperley, desértica en la madrugada, abierta para los confabuladores, inventos que pueden salvar a la humanidad desterrando al cruel capitalismo del mapa.

Comencé con “Los siete locos” e inevitablemente seguí con “Los Lanzallamas”, continuación de la primera novela que sigue las andanzas de Erdosain, inventor fracasado, y sus compinches, todos conspiradores de un futuro derroque que busca restablecer un orden social.

7 locos y lanzallamas

Pero a Artl no le alcanzó con sus novelas para darse por satisfecho, sino que incursionó en el teatro (del cual se enamoró y para el que compuso magistrales obras como “Saverio, el cruel” o “Trescientos millones”) y explotó su primer trabajo como periodista, siendo uno de los escritores que más plasmó la sociedad argentina en su momento con sus magistrales “Aguafuertes porteñas”, describiendo con lujo de detalle los barrios y los personajes de nuestra querida Buenos Aires, e incluso en ciudades del extranjero.

Por si faltaba algo más, nuestro querido Artl también era inventor: Patentó las medias con caucho e instaló un pequeño laboratorio químico en Lanús. Resulta tierno encontrar en Erdosain y en él características similares.

La curiosidad era su leitmotiv, en cualquiera de sus facetas artísticas. Es imposible no enamorarse de sus libros, de la angustia que rodea a los personajes, de sus intentos desesperados por destacar, por hacer algo bueno para ellos mismos en vez de cumplir la función de engranaje en una sociedad engatusada en el industrialismo y la maquinaria, ajena a la opresión de los más desprotegidos.

Afortunadamente, su obra no se perdió en el tiempo, sino que pasó de ser duramente criticada a ser considerada fundacional en la novela moderna argentina. Muchos autores contemporáneos se refieren a Arlt como una de sus influencias principales y en varias universidades es material de lectura obligatorio… y tan necesario.

Es por eso que se los recomiendo, si no tuvieron todavía el gusto de leerlo. Gracias a él mi sexto piso quedó completo.

Gracias a él me pude ver por primera vez a través de sus personajes y sus bajezas, respirando el mismo aire podrido y asfixiante que ellos.

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