Orgullo y Prejuicio

“Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.” Jane Austen, “Orgullo y Prejuicio”.

A veces necesitamos creer en los finales felices. Necesitamos creer que los protagonistas de la historia, después de pasar las mil peripecias, van a terminar juntos y casados. Siempre critiqué un poco este final, casarse como la solución a todo lo que habían pasado los protagonistas. Tal vez lo sea o tal vez no, tal vez lo que los ayuda a superar todo esto es el amor.

Estas son las razones por las que las lectoras del género romántico seguimos leyendo las novelas de Jane Austen, porque queremos finales felices. Esperamos seguir creyendo que las diferencias sociales de otras épocas no existen, que el prejuicio y el orgullo de Elizabeth Bennet y de Mister Darcy van a superarse, van a traspasarse y que van a reconocer que eso que critican en el otro es lo que los atrae en “Orgullo y Prejuicio”; que Elinor Dashwood y Edward Ferrars van a superar los malentendidos en “Sentido y Sensibilidad”... Y otros tantos ejemplos.

Doscientos años después, sus historias nos siguen fascinando. Nos muestran una época donde las aspiraciones de las mujeres jóvenes inglesas de clase media burguesa se simplificaban en conseguir un buen matrimonio, con un ingreso anual interesante para vivir sin preocupaciones y si no, debían someterse a realizar alguna tarea respetable, como ser institutriz, ingresar a la vida religiosa o vivir de la caridad de sus parientes masculinos, porque el problema de las familias estaba en ubicar a las hijas mujeres, los hombres tenían asegurada la herencia y las propiedades del padre.

Las protagonistas de las novelas de Austen son mujeres que sienten, que desean, que deciden, más allá del rol que se espera de ellas, son inteligentes e ingeniosas. Algunas desobedecen los mandatos sociales de la época, no saben de pintura, de música, de bordado, que es lo que las haría mujeres talentosas y casaderas de la época; en cambio, buscan ser respetadas en sus conocimientos y opiniones sobre diversos temas.

Jane Austen
Jane Austen

Se critican veladamente las decisiones que toman algunas mujeres: A las que aceptan casarse con cualquiera por argumentos racionales, como ser mayores o pobres para seguir esperando, y también para las que buscan seducir y usan la sensualidad para atrapar un marido. Alaba a las mujeres medidas, sin desmesuras en sus sentimientos ni en sus comportamientos.

También hay lugar para la ironía y sátira en los estereotipos psicológicos de ciertos personajes: Madres chismosas y víctimas, padres egoístas y encerrados en su mundo, esposas avaras, maridos manipulados, mujeres frívolas, hombres mentirosos y otros tantos.

En la mayoría de sus novelas, las primeras impresiones de las personas que se conocen producen confusiones para bien o para mal, y nos muestra, un poco como moraleja, que debemos aprender a ver más allá, a entender las motivaciones que llevan a cada uno a actuar de determinada manera, aunque esa sea incorrecta o acarree infelicidad. Generalmente, estos errores se rectifican y encarrilan la trama hacia el final feliz.

“…y no hacía un mes aún que le conocía cuando supe que usted sería el último hombre en la tierra con el que podría casarme“. Elizabeth Bennet sobre Mr. Darcy, “Orgullo y prejuicio”.

A las novelas románticas actuales podríamos tildarlas de inocentes. Sólo hay insinuaciones, los protagonistas apenas se rozan, se miran, pero no se besan, no se tocan y sus sentimientos los confiesan usando parlamentos complejos.

Hay amor, hay deseo, sin nombrarlos. Es claro que una mujer soltera de principios del siglo diecinueve, como lo fue Jane Austen, no podía hablar explícitamente de erotismo. Aún así, sentimos que pasan cosas entre esas damas y esos caballeros, medidos y contenidos, sufrimos y nos emocionamos con ellos, nos conmueven, y eso es lo que, en definitiva, busca cualquier autor con su obra y los lectores que las elegimos, esperamos, sin decepcionarnos en este caso, el final feliz.

“Elizabeth no tardó en recobrar su alegría y quiso que Darcy le contara cómo se había enamorado de ella:

—¿Cómo empezó todo? —le dijo—. Comprendo que una vez en el camino siguieras adelante, pero ¿cuál fue el primer momento en el que te gusté?

—No puedo concretar la hora, ni el sitio, ni la mirada, ni las palabras que pusieron los cimientos de mi amor. Hace bastante tiempo. Estaba ya medio enamorado de ti antes de saber que te quería.

—Pues mi belleza bien poco te conmovió. Y en lo que se refiere a mis modales contigo, lindaban con la grosería. Nunca te hablaba más que para molestarte. Sé franco: ¿me admiraste por mi impertinencia?

—Por tu vigor y por tu inteligencia.

—Puedes llamarlo impertinencia, pues era poco menos que eso. Lo cierto es que estabas harto de cortesías, de deferencias, de atenciones. Te fastidiaban las mujeres que hablaban sólo para atraerte. Yo te irrité y te interesé porque no me parecía a ellas. Por eso, si no hubieses sido en realidad tan afable, me habrías odiado; pero a pesar del trabajo que te tomabas en disimular, tus sentimientos eran nobles y justos, y desde el fondo de tu corazón despreciabas por completo a las personas que tan asiduamente te cortejaban. Mira cómo te he ahorrado la molestia de explicármelo. Y, la verdad, al fin y al cabo, empiezo a creer que es perfectamente razonable. Estoy segura de que ahora no me encuentras ningún mérito, pero nadie repara en eso cuando se enamora”. Capítulo LX de “Orgullo y Prejuicio”.

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