Pinocho

Esta semana hice algo que no me enorgullece. Mentí, pero de una manera tan fea que me hace mal hasta escribir de ella ¿Por qué? La historia es simple.

Yo curso en Capital, pero vivo en el Conurbano. Así que para volver a mi casa tengo que tomar un colectivo y su viaje es eterno, pero más eterna es la espera y es durante estos momentos donde, por alguna razón que no entiendo, me gusta fingir que soy otro.

Me fascina intentar hablar con desconocidos y decirles que voy a tal lado, que vengo de allá o que me voy por allá. Mi barba logra camuflar bien mis años y decir que tengo otros tantos es más fácil. Así que esta semana, mientras volvía de un lugar y esperaba en una parada el único transporte que por esas altas horas de la noche me deja a unos pocos pasos de mi hogar, me encontré con un señora, la cual me preguntó si sabía el horario de salida del próximo colectivo. Yo respondí que recién había llegado, pero que no podía tardar mucho. Ella asintió con la cabeza. Eso fue todo lo que necesitó para convencerme.

Me di la vuelta para preguntarle qué pensaba del clima. Ella sólo me dijo que no sabía, pero esperaba que no lloviera, porque su hijo practicaba fútbol y no quería que faltara. Indagué un poco y descubrí que su hijo se llama Kevin y que estaba separada. Le dije que mis papás también están separados, lo que no es cierto, pero quería saber más y no hay mejor forma de saber algo que haberlo vivido de primera mano o eso es lo que pensé para mí cuando de mi boca salió la palabra “separados”.

Después me contó sobre su trabajo y de cómo ahora trabaja limpiando un edificio de militares y que le pagaban mejor que en el otro, pero le quedaba muy lejos. “Todo por Kevin”, me dijo. Yo sólo reparé en decirle que la entendía, porque a mi papá, que era oculista, le pasaba lo mismo con su consultorio. Cuando vino el colectivo, me dijo que se llamaba Sandra.

—Yo me llamó Santiago.

Decirlo todavía me causa dolor.

Mentira

Sandra se sentó a mi lado. Empezamos a hablar de su nuevo novio cuando la mía me envió un mensaje.

—Horacio es re buena persona. Nos llevamos un par de años. Pero es re bueno y no se va con otras, y eso es lo mejor —dijo Sandra con orgullo, mientras me mostraba una foto de él.

Quise saber más y ella, como por arte de magia, aflojó la lengua. Y sí que habló. Desde el precio del gas hasta del hijo de puta de su ex marido que no le pasa un peso. Me habló de Kevin y de cómo era su relación con Horacio, que su ex no le agradaba, pero que él no tenía que meterse, que él ya no era parte de su vida. Yo también hablé del nuevo novio de mi mamá falsa y de cómo, a pesar de sus esfuerzo para unirnos, iba a ser imposible, porque ese hombre no era mi papá y nunca iba a serlo, pero que con gusto lo intentara, seguro le gustaba fallar.

Su cara cambió cuando dije eso. Me explicó cómo Kevin le decía algo parecido, que a ella le dolía cada vez que ellos discutían. Eso me hizo sentir mal y dentro de mí, algo que no existe supo entenderla, supo cómo era esa angustia. Su historia siguió un poco más con detalles que prefiero mantener en secreto para protegerla, pero dijo algo más antes de mi parada, algo que me persigue hasta ahora.

—No sé, quizás soy yo. A lo mejor tengo que dejarlo ser, ¿no? Quizás así seamos felices. Todos. Cómo toda familia debe ser.

—La envidio —respondí con recelo y un sabor amargo en la boca.

Ella sólo me miró y se rió, pero yo lo decía de verdad. Después de eso, nos gobernó un silencio que se quebró cuando le pedí permiso para bajar. Nos despedimos. Me bajé y vi cómo el colectivo se alejaba.

La cuadra y media hasta mi casa desde la parada no podía dejar de pensar en mi familia falsa, en todo lo que habíamos perdido. Todas las tardes de invierno sin helado o los veranos en la casa en Pinamar.

Una vez en mi casa, sólo tuve de compañera a la oscuridad y así como entré, me acosté, pero no dormí. Había demasiado en mi cabeza para dormir. Estaba triste y… celoso de cómo Kevin tenía una madre que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él, mientras que la mía se iba a Miami de vacaciones con su novio. Estaba tan enojado que golpeé la almohada.

No sé de dónde salió mi verdadera mamá. No le conté lo que pasó, ustedes son los primeros en enterarse. Ella recién llegaba de su trabajo y me invitó un té. Hablamos un rato de nuestros días, pero estaba muy cansado para hablar.

La noche siguió su curso. Las horas pasaban, el frío crecía. El concierto de Aranjuez sonó y volvió a sonar. Pronto, Santiago volvió a la nada, que es donde pertenece y sólo quedó Ignacio, pensando hasta qué punto las mentiras son verdades escondidas y de cómo la mentira, en cualquiera de sus formas, puede, sin duda, despertar una verdad que yace dentro.

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