Aprender a manejar

Manejar un auto es una de mis actividades favoritas, sin ninguna duda. La mezcla de poder y libertad que me genera, no la comparo con otra. Igual, para esto primero tuve que pasar por la experiencia de aprender a manejar.

Aprender a manejar es una experiencia que hay que tomar con humor, sobre todo si tus miembros inferiores y superiores tienen problemas de coordinación y trabajo en equipo, y sos un poco distraída.

Mi primer auto lo compré sin saber manejar, sí, sin saber manejar. Estudiaba en la universidad y en Bahía Blanca la frecuencia de los colectivos no era la mejor: Para hacer un trayecto de diez minutos tenía que salir una hora antes.

Entonces, lo vi a él: Un Fiat 600 E, modelo 70. Acá, en la descripción, debería decir “impecable y reluciente”, pues no, había que mirarlo con mucha voluntad. Tenía algunos problemitas de chapa, de motor, de tapizados, pero andaba y era  lo que podía llegar a comprar y mantener a esa edad.

Mi primer viaje en él fue de copiloto. Una amiga que sí manejaba me ayudó a llevarlo a mi casa. Una noche hicimos el trayecto en primera-segunda-primera-segunda. Ella sabía manejar, pero con la reacción de los autos modernos, no la de un auto de cuarenta años.

Fiat 600 E

Después vino el tiempo de aprender a manejar. Primero, lo intenté con mi papá. Fueron algunas salidas, hasta que entendí que era preferible pagar una academia a quedarme huérfana. Además, que un desconocido te diga: “Embrague, acelerador, soltá despacio…” y para sus adentros lo complete con un “estúpida” es mejor a que lo haga tu papá.

En poco más de un mes y medio, tuve mi carnet de conductor y me lancé a las calles. Mis amigos apodaron a mi auto “La Mentita”. Arrancar en primera, pasar a segunda y poner tercera era una actividad que me generaba una adrenalina inexplicable. Creo que acá, junto con acelerar y frenar a tiempo, puedo encuadrar la categoría “insultar y/o devolver insultos a otros conductores” como una de las primeras cosas que se debe aprender.

Con el tiempo me volví más audaz y me pude compenetrar con lo que el auto podía darme. Aprendí que con su tamaño podía estacionar en cualquier lado y que eso me hacía hacer un trabajo de bíceps impecable (¡Bendita sea la dirección en los autos!) y aprendí cómo hacer para que el auto no se caiga en una subida mientras esperás el semáforo.

Entre las lecciones que tuve, hubo una muy particular: Cuando conducís, no podés distraerte. Unas amigas se habían recibido, hacía apenas un mes que tenía el carnet de conductor. Después de los festejos, salimos a dar vueltas por el centro, en caravana. Varios autos modernos y atrás el Fiat 600. Todos tocando bocina. Era un auto caluroso, sin distinguir la estación del año, al tener el motor atrás, todo el calor iba al habitáculo.

Mi amiga se quejaba y me decía que hacía mucho calor. Yo entré concentrada en la caravana y preocupada porque, misteriosamente, el acelerador no respondía como siempre. Le daba la razón, sin prestarle atención. En un momento me di cuenta de que, por más que tocara la bocina, no emitía sonido: Se había quemado.

Seguimos a todos los autos hasta que pudimos estacionar nuevamente. Apagué el auto, saqué la llave y cuando fui a poner el freno de mano, me di cuenta de que estaba puesto y que eso fue el causante del calor y de la poca reacción en todo el trayecto. Sin decir nada, disimuladamente, bajé, cerré el auto y acompañé, apantallándome con la mano, las quejas de mi amiga sobre el calor insoportable que hacía en ese auto.

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