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Todos alguna vez viajamos en tren y podemos garantizar, con hechos reales y concretos, que no es la mejor experiencia de nuestras vidas.

Hay quienes lo usan diariamente para ir al trabajo o a la universidad, ahorrándose así un poco de plata en nafta y peajes, o por comodidad; y quienes lo usan de vez en cuando, para ir al teatro, a pasear o a visitar a un amigo. Es que cuando se quiere llegar mas rápido sin tener que renegar con el tráfico o con el infinito dilema de “¿Dónde puedo estacionar?”, recurrimos al tan criticado pero práctico tren.

No creo que nadie se oponga cuando digo que lo peor del mundo de los ferrocarriles es la indeseada “hora pico”, momento en el cual se mezclan dos grupos antagónicos, diría que son comparables con un River-Boca: los que están yendo al trabajo, con el apuro y la preocupación de no llegar tarde, y, por otro lado, quienes ya cumplieron con su jornada laboral, ya cansados y con el único objetivo de llegar a casa y comer algo tirados en el sillón. Entonces, sería una combinación entre mal humor, histeria y poca paciencia ¿El resultado? Un verdadero caos.

tren arriba

1 hora, 40 minutos o sólo 15, si no sos uno de los pocos afortunados que se pudieron sentar, el tiempo dentro del tren se hace insoportable.

Son las ocho de la noche, estuviste aguantando todo el día que tu jefe te grite, desquitando toda su frustración con vos, porque un proyecto le salió mal. Estás agotado, tanto física como mentalmente, y sabés que llega lo peor: la odisea de volver a casa.

Llegás a la estación y el tren se está por ir, mientras corrés por el andén para alcanzarlo, te autofelicitás por haber sacado el boleto de ida y vuelta o tendrías que esperar 20 minutos más a que salga el siguiente. Subiste al anteúltimo vagón, estás en el medio de toda la gente, apretadísimo, te das cuenta de que la situación se asemeja a cuando vas viajando por la ruta y pasa un camión que transporta vacas: Todas luchan por tener un poquito más de lugar, están incomodisímas, tal como vos lo estás en ese momento. Sonreís un poco, es patético.

Cuando por fin ves que el tren logra una velocidad mayor a 10 km por hora, frena porque ya llegamos a la próxima estación. Suben otras 20 personas. A todo esto, vos seguís abrazando tu mochila como si no hubiese un mañana. Sentís un carterazo, te dolió, así que girás un poco la cabeza para ver quién fue. Es una mujer que va empujando mientras pide permiso para pasar. Por dentro le gritás “Señora, ¿para qué pide permiso si me acaba de dar un empujón que casi me manda al otro vagón?” y una lista de insultos que no vale la pena escribir acá.

tren dentro

Pasaron 20 minutos, todavía te faltan 25. Rogás a todos los santos del mundo que el señor que tenés al lado se baje rápido o que al menos baje los brazos, ya que por lo que podés oler, no se puso desodorante y está haciendo sufrir bastante a tu nariz. Mirás a tu alrededor. A lo lejos hay 3 pibes escuchando cumbia sin auriculares, unos asientos más adelante un nene llorando porque la madre no le compró un pancho, al lado hay una chica resaltando con amarillo unas fotocopias. No entendés cómo puede concentrarse teniendo todo ese ruido alrededor. Obviamente, tu paciencia se acabó hace 4 estaciones y ya estás bastante furioso. Un hombre que está sentado saca una botella de jugo de manzana de la mochila. En el momento en que le saca la tapa, medio vagón se da cuenta de que es cerveza. Considerás que, por lo menos, se tomó el trabajo de intentar ocultar que esta tomando alcohol realmente.

A lo lejos se escucha el típico “Para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero”. No distinguís qué vende, sólo sentís que, como todos se aprietan unos con otros para dejarlo pasar. Nadie lo frenó para comprar lo que sea que está ofreciendo. Otra estación, sube más gente y ahí esta, lo ves clarísimo: Un chico entra comiéndose un choripan. Inmediatamente el vagón se impregna con su olor, por lo que percibís, tiene muchísimo chimichurri. El hambre que tenías hace un rato se despierta ferozmente, querés saltar y arrebatarle ese precioso chorizo rodeado de pan. Te tranquilizás, sabés que en la próxima estación bajás y en tu casa tu pareja te espera con un buen asado al horno con papas. Sólo tenés que esperar unos minutos más. Dicen que la paciencia es la clave del éxito, ¿o no?

Llegó el tan deseado momento: Ahora sos vos el que empuja a todos para bajar, insultás en silencio a esos que están parados en la puerta y no se mueven. Al fin, bajaste. Falta una cuadra para llegar a tu casa y te llega un mensaje: “Amor, salgo con amigas. Te dejo unos fideos con manteca en el microondas, te amo”. Lo releés mil veces, pensás que te vas a poner a llorar, no lo podés creer. Después de aguantar todo lo del día, tenes unos fideos pegados para cenar. “¡QUÉ TUPÉ!”, le gritás al cielo. Al final, te vas a dormir, agotado y con bronca y, por supuesto, sin cenar.

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