Ira de carretera

Una de las primeras cosas que aprendés cuando del interior te mudás a Buenos Aires, es que hay que tener cuidado cuando te tomás un taxi. Alguno de los comentarios son: “Te ponen a prueba preguntándote las entrecalles o el camino a seguir”, “Se dan cuenta si tenés alguna tonada”, “Te ven la cara de deslumbrada por la ciudad”.

Algunas son ciertas, sobre todo si te lo tomas en la terminal o el aeropuerto, entonces aprendiste por dónde ir, les hacés notar que te están paseando y te responden con un inocente: “Te entendí mal”, “Por acá es más corto” o alguna frase similar. Y a los que solemos recordar son a estos, porque en otros viajes, en los que no tuvimos mayores inconvenientes y el taxista nos llevó a destino sin pasearnos, olvidamos injustamente.

Cada tanto hay excepciones a nuestros prejuicios y eso pasó ese mediodía. Decidí tomar un taxi, luego de dejar mi auto en taller. El trayecto hasta mi trabajo era corto, pero hacía calor y no tenía ganas de caminar.

Paré uno de la calle y subí, sorprendida, a un auto impecable con aire acondicionado y con música clásica. El taxista me contó que eso lo aislaba de la locura del tránsito, que era un trabajo que hacía un par de días a la semana para ganarse unos pesos y vivir tranquilo, pero que su pasión era su carrera, que la descubrió después de muchos años: estudiaba Licenciatura en Historia. Se había mudado joven con su familia a un pueblo del interior y ya casi en edad de jubilarse, se separó y volvió a Buenos Aires a estudiar.

Las barreras del paso a nivel nos dieron tiempo para hablar. Me preguntó por mi trabajo y le conté que hasta no hace mucho viajaba bastante. Me pidió mi opinión sobre una oferta laboral que le podía dar acceso a una mejor jubilación y que se parecía a mi anterior trabajo, con muchos viajes. Mi respuesta fue si estaba dispuesto a resignar la libertad que tenía hoy con el taxi, porque trabajaba cuando quería. Conversamos de libros,y también discutimos el por qué del éxito de “50 sombras de Grey” entre la señoras de su edad. Me pidió disculpas porque esperar en el paso a nivel nos había demorado y eso había incrementado la cuenta.

Taxista

Fue una bocanada de aire fresco en la locura laboral, en la vorágine del tránsito y en las corridas cotidianas, donde tal vez olvidamos nuestras pasiones y nuestros gustos para cumplir con todo lo que se nos exige.

Pero, como todo, tiene su contracara y es lo que confirma nuestros prejuicios. Tiempo después tomé otro taxi para hacer unas diez cuadras, con una pesada valija. La cargué en el baúl y subí al asiento trasero de dudosa pulcritud, con olor a cigarrillo, pero a esa hora de la mañana no estaba para ponerme exigente: Tenía que llegar a destino puntual.

Conversamos sobre trivialidades, el clima, el tráfico y la locura de la gente. Veo que, sin disimular, dobla a la derecha, lo que me alejaba de mi destino. Se lo hago notar, me lo justifica altaneramente, diciendo que las obras de los ineptos del gobierno hacían imposible ir por esa calle y que si era tanto el problema, después me lo descontaba.

Llegamos a un cruce complicado, lo veo encarar de frente a un colectivo. No sé aún cómo pasó: Si el colectivo lo encerró o si él se tiró contra el colectivo. Sólo sé que vi la mano del conductor del taxi —del que yo era pasajera— sacando por la ventanilla un caño de gas amarillo, amenazando con romper todos los vidrios del otro transporte y gritando que había unos cuantos que podían dar cuenta de que él no mentía. Le pasó cerquita y con el filo del caño le rayó la carrocería. Luego nos alejamos rápidamente y me contó orgulloso todos los vidrios y espejos que había roto en su vida por situaciones parecidas, a lo que yo sólo podía asentir. Los cien pesos por las diez cuadras que él convirtió en veinticinco, por supuesto, no los discutí.

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