manos de manteca

Antes era muy pesimista y me quejaba de todo lo “malo” que me pasaba. Con el tiempo fui aprendiendo que lo mejor (con algunas excepciones) es tomarse todo con humor.

Me di cuenta de que prefiero que las cosas salgan mal, imperfectas. O sea, está bueno cada tanto que las cosas salgan exactamente como querías, pero la verdad es que si pasara siempre, sería aburrido. Yo no me suelo reír de las cosas que salen bien, sin ningún tipo de inconveniente. Si camino un día normal por la calle, no voy a andar diciendo “¡Qué copado, estoy caminando!” ni va ser algo que recuerde en un futuro. En cambio, si mientras camino con mis amigos, uno de ellos me escupe y lo corro dos cuadras mientras la gente nos mira raro, es algo más interesante y que no me voy a olvidar.


Esta es una lista de algunas cosas que me pasaron o que hice “mal” y que ahora conservo como lindas anécdotas:

— Cuando tenía diez años solía ir todas las semanas con mi familia al cine de un shopping y siempre un rato antes pasaba por la librería para chusmear. En una de esas veces estaba poniendo un libro en su lugar, arriba de todo, y como todavía era bajo, tuve que ponerme de puntas. Cuando retrocedí, irónicamente me tropecé con una sillita que tendría que haber usado para subirme y poner el libro más fácilmente. Me caí al piso con la mano hacia atrás y cuando me levanté, noté que no podía levantar los dedos índice y medio de mi mano derecha. Como no quería arriesgarme a perderme la película, no les dije nada a mis viejos hasta que salimos del shopping. Así fue cómo estuve un par de meses con los dedos entablillados. Siempre que me preguntaban qué me había pasado, les contaba esa historia y, obvio, se me cagaban de risa en la cara.

— Una vez, hace un par de años, estaba solo en mi casa y como iba a ver una serie en la computadora, compré papas y una Coca-Cola retornable. De plástico, siempre aclaro que era de plástico y no de vidrio. Ya sé, no es ninguna ciencia abrir una botella de plástico. En mi defensa, era la botella más difícil de abrir de toda la historia. Estuve literalmente unos quince minutos tratando de abrirla hasta que me cansé y fui a buscar un cuchillo. Me pasé un poco y me terminé cortando en el índice izquierdo. Sentí el corte, pero no le hice caso. Abrí la botella y tomé un trago con mucho orgullo. Después miré mi dedo, vi que estaba chorreando sangre y fui corriendo al baño. No era nada grave por suerte, pero todavía tengo una linda cicatriz que todos los días me recuerda esa curiosa anécdota.

— En 3ro tenía Educación Artística, materia en la que no me iba nada bien. En una ocasión tuvimos que dibujar unos edificios siguiendo la consigna. Di todo de mí, estuve horas haciéndolo. Resulta que me saqué un 7- y la profesora, en las “cosas buenas” del dibujo, me escribió “¡Buen intento!”. No sé si eso quería ser un consuelo, pero pensar que lo único bueno del dibujo era la intención no me alegraba.
Con el siguiente dibujo que tuve que hacer no me fue mejor. Tenía que pintar con acrílicos algún paisaje sencillo. Esa vez de verdad estuve mucho tiempo, gasté mucha plata en acrílicos. Quería creer que, por lo menos, me había quedado bien. Entonces, mi papá, que estaba viendo el dibujo, me preguntó qué se suponía que era esa mancha marrón. Le dije que tenía que ser una cabaña. Me dijo “Y… Parece una pava”. Nos reímos de eso y del 6- que me saqué. La verdad, ya ni me acuerdo cómo aprobé esa materia.

Dibujo que me salió mal
“La cabaña”

Hace un año me decidí a aprender a cocinar de una vez por todas. Para empezar, no iba a cocinar nada del otro mundo, sólo milanesas. Ya había prendido la hornalla y había puesto la sartén con aceite. Agarré un plato y lo quise apoyar en la mesada para tenerlo cerca, pero lo hice de manera automática, sin mirar, y terminó en la sartén. Por el tamaño del plato, encajaba justo, así que me costó sacarlo. Y, claro, no se me ocurrió una mejor idea que sacar el plato con las manos, sin usar nada de palanca para levantarlo. Esto les tuve que contar a todos después de mostrarles las ampollas que tenía en todos mis dedos… Pero ojo, las milanesas me salieron bien.

— En la época lejana en la que no sabía bailar para nada, salí a bailar por primera vez con unos amigos. La pasé dentro de todo bien, moviéndome sin ritmo alguno y cantando los estribillos de algunas canciones que conocía. Cuando el boliche ya empezaba a vaciarse, vi que una chica se me acercó para sacarme a bailar. Bailé un poco con ella y en un momento me dijo “Ahora tenés que dar vueltas”. Y yo hice eso, lo juro. “Bailé” (o troté, mejor dicho) un par de veces a su alrededor, mientras se cagaba de risa. Fue bastante amable, me la siguió un poco más y finalmente se fue ¿Fue algo bueno? ¿Malo? Yo diría más bien interesante.

  • La lista podría seguir mucho más, pero eso alcanza para sacar las siguientes conclusiones:

Que soy un desastre con las manos: No lo puedo evitar, siempre lo fui. Dibujo horrible; cuando escribo, agarro la lapicera de tal manera que sólo me sobra el dedo meñique y cuando tiro algún objeto, siempre termina en cualquier lado menos donde yo quería. De chasquear los dedos (uno de mis mayores sueños frustrados) ni hablar. Seré “importado” como dicen mis amigos, pero con algunos defectos de fábrica.

La importancia de que salgan mal las cosas: Es decir lo bueno que puede ser para uno, a la larga, que las cosas no salgan como se quisiera. Por eso creo que está bueno tomarse las cosas con humor y contárselo a alguien para que se ría un rato.

Y a ustedes, ¿qué cosas “malas”, vergonzosas o raras les pasaron, que ahora pueden recordar con humor? Piensen unos segundos en eso y ríanse un rato, que está bueno, es sano y no engorda.

Comentarios
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Simone
Me encantan las historias. Leer y escribir, ver películas, series, etc. e imaginarme mis propias historias. Y me gusta tratar que mi propia historia sea una aventura, todo el tiempo.