Abrir mermelada

Irte a vivir solo, luego de años de convivir con tu familia, es toda una experiencia, por momentos divertida y por otros, complicada.

De un día para otro manejás tus rutinas, tus horarios y, un poco por rebeldía, hacés cosas que a tu familia le hubiera molestado: dejar los platos sin lavar hasta el día siguiente, no hacer la cama, poner la música en el living a todo volumen mientras te bañás.

Si sos una persona responsable que se toma la vida en serio, no vas a tener mayores inconvenientes en cumplir con las obligaciones básicas: pagar el alquiler y los servicios en tiempo y forma, hacer las compras, lavar la ropa, limpiar, cocinar (o comprar comida).

El tema surge con el resto de las cuestiones, algunas básicas, pero a las que, en la dinámica de vida en familia, nunca les diste mayor importancia: Quién cambia una lamparita, quién alimenta a las mascotas, quién riega las plantas, quién saca la basura. En una casa con varios integrantes las tareas están repartidas. Cuando vivís solo la respuesta a todas las preguntas es: VOS.

Un tremendo problema que nunca imaginaste tener puede surgir cuando te das cuenta de que tus manos no tienen fuerza giratoria, son inútiles para abrir frascos. En tu familia siempre había alguien que podía hacerlo, pero… ¿Y ahora? No vas a recorrer media ciudad para que te abran un frasco, no, ¿no?

Abrir una mermelada

Te levantás un día con tiempo suficiente para desayunar, ponés a preparar el café, elegís una rebanada de pan para tostar y buscás ilusionada en la alacena la mermelada que compraste el día anterior. La compra de la mermelada te estresó, antes comías la que había comprado tu mamá en el súper en la oferta del fin de semana o la que tu hermana exigía caprichosamente para desayunar, porque otra no le gustaba. Nunca imaginaste lo difícil que era hacer esa compra.

Te paraste frente a una góndola con siete estantes repletos de opciones: Común, light, endulzada con sucralosa, stevia, orgánica, con fruta natural, sin conservantes, sin aditivos, con pulpa, sin pulpa, nacional, importada, sumado a toda una variedad de sabores inimaginables. Cuando pudiste comparar todas las opciones o la mayoría de las que tenías ahí, lo decidiste: mermelada light orgánica de frambuesa del valle, endulzada con stevia.

La mañana que tomás el frasco de mermelada entre tus manos para abrirlo y deleitarte con tu elección de sabor, lo agarrás con ambas manos y girás a la derecha con todas tus fuerzas y… nada. Las manos se resbalan y el frasco sigue firme. Alguna vez escuchaste que si golpeás al frasco en el centro se descomprime el vacío y podés abrirlo. Lo hacés, girás a la derecha con todas tus fuerzas y nada, otra vez. Sentís olor a quemado, soltás el frasco, corrés a apagar la hornalla. La rebanada de pan se volvió negra.

Abridor de latas

Cuando ves la hora, te das cuenta de que en 40 minutos tenés que estar en el trabajo. Mirás enojada el frasco, te servís un café tibio, masticás la tostada quemada a las apuradas, mientras hacés lo que cualquier mujer de 30 años independiente haría: Googleás, esperanzada con la existencia de un “abridor de frascos” ¡Existe! Decidís comprarlo.

A la semana, cuando lo recibís, lo probás con el maldito frasco de mermelada y descubrís que en esas tres mágicas palabritas “abridor de frascos” encontraste a tu salvador ¡Ahora si! Nadie te va a detener. Pensás en todos los frascos que vas a poder comprar y mientras con una cucharita tomás una porción de mermelada, la probás anticipándote a su dulce sabor y… ¡Puaj! ¡Es incomible!

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