Bananas

Era la hora de la merienda, la del té para los ingleses, la del mate cocido con pan y manteca para nosotros, los del conurbano.

Estaba cansado y no había probado bocado desde el desayuno que, por cierto, tuvo muchísimo que envidiarle al norteamericano, porque como buen argentino víctima de esos tentadores y eternos “cinco minutos más”, me levanté tarde de la cama. Preparé un té clásico y aburrido, poca azúcar y con galletitas de agua húmedas que compré de oferta 3×2 en el chino de la vuelta de casa.

Me dolían los pies de tanto caminar y la panza rugía en sonido surround, haciendo voltear a las señoras que siempre caminan lento delante de uno. La cabeza se batía a duelo entre el cielo y el infierno: compro algo sano y natural o lo mando al joraca al médico y me entrego a un orgásmico y explosivo menú de comida chatarra de Retiro.

La decisión fue dura, pero al pasar por una seductora verdulería, me jugué por experimentar lo que sienten los frugívoros, los cuales imagino paseando en el Mercado Central como estando en un telo a punto de desvestirse con la persona que siempre los puso hot.

—Buenas, ¿qué va’ a llevar? (léase con acento del altiplano)

—Hola, quería fruta…

—Usted dirá…

Mientras agarraba una bolsa de corte, miré todo lo que había disponible, analizando los pro y las contras.

La mandarina parecía piola, pero te deja un olor bárbaro en las manos y tiene muchas semillas; la naranja hay que pelarla, te ensucia las manos y a veces te deja picando los labios, el kiwi no me gusta y me da perfil a testículos de mono, la pera de invierno es dura como una piedra y no tiene sabor. Así que sólo me quedaron dos opciones: la banana y la fruta prohibida, según el Génesis, la manzana.

Elegí unas bananas porque se pelan fácil, no ensucian, no tienen semillas ni carozo, te llenan y previenen los calambres. El tema es que está socialmente mal visto que un hombre fachero, hetero y piola coma bananas en público ¿Por qué? Si el fruto pecaminoso es la manzana y no la banana…

Banana

El Génesis dice: “Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno al gusto y hermoso a la vista y deseable para alcanzar por él la sabiduría, y tomó de su fruto y comió, y dio de él también a su marido, que también con ella comió” (Gen 3, 6).  Es decir, no aclara en ningún lado que se comieron una manzana, entonces pensé ¿puede ser que la fruta prohibida sea la banana y no la manzana?

No es muy loca la teoría, imaginando a quienes escribieron y reescribieron la historia bíblica decir “Che, no garpa que Eva se coma la banana, es chocante, ¿una manzana no queda más fino?”

Fijate una cosa: Nosotros, los hombres, en casa pelamos la banana, cascarita por cascarita, y vamos disfrutando su rico sabor tropical como quien disfruta en la intimidad de un helado en cucurucho o un simple chupetín sin vergüenza ni miedo a que alguien nos grite alguna gilada. En cambio, en público la pelamos toda de un viaje y la comemos a mordiscones rápidos y bruscos, bien a lo macho ¿A lo macho o evitando el pecado?

Si comemos una manzana en público, improvisamos, la saboreamos, la liquidamos antes de que se oxide y no pasa nada, comiste una manzana, que no es lo mismo que decir que te comiste una banana, ¿ves? No suenan igual.

¿Cuál es la fruta prohibida en definitiva? ¿La manzana o la banana? Como el verdulero no sabía la respuesta, me fui filosofando tranquilo, comiendo con carpa, para que nadie me vea.

Comentarios
Compartir
Artículo anterior#GilmoreGirls: la visión femenina sin estereotipos
Artículo siguienteTele de sábado por la noche
Beto Sayes
Guionista de Radio y TV, locutor, dibujante y músico. Me defino como un intelectual sin escritorio, rebelde, sintético y poco ortodoxo. Prefiero mil veces la popularidad antes que el prestigio.