Viajes de la moneda
Expore via photopin (license)

Me la encontré en la calle. La noté algo perdida, como abandonada, con el sol cabizbajo. “Ya no me siento querida ni usada”, balbuceó. Primero no supe qué decirle. Improvisé un “¿te pasa seguido?” Respondió que sí, que cada vez más. La moneda me dijo que antes viajaba mucho; llegó a conocer casi todo el país. Quienes la veían se alegraban, porque en los noventa valía la pena, un alfajor o hasta algunas golosinas.

Descubrí el cobre que la envuelve mientras me ataba los cordones. Vi un haz de luz que se asomó de reojo, cerca de la puerta de un kiosco. Me contó que estuvo casi una semana ahí, a la intemperie, sin que nadie le prestara atención. Limpié con un pañuelo descartable sus dos caras y cada uno de los 32 rayos patrios adquirió algo más de brillo; removerle el polvo la hizo estornudar dos, tres, cuatro veces a la monedita de cinco centavos.

Tras higienizarla, le toqué varias veces la “República Argentina” y el año de acuñación: 1993. Sentí el cuerpo de la moneda como si fuera la primera vez; incluso tuvo cosquillas. La guardé en ese bolsillo del jean que parece inservible pero no.

Sobrevivir en la selva de cemento


Al llegar a casa, la coloqué en un lugar destacado del living y escuché con atención sus anécdotas mientras preparaba unos mates. Lo primero que me contó —con esa voz metálica tan característica de las monedas—, es que algunas son plateadas y otras más bien doradas, pese a que todas tienen un 92% de cobre y 8% de aluminio —hasta las monedas tienen dudas sobre la propia identidad—. Destacó también su mayor orgullo: una cinturita de apenas 17,2 milímetros, según le habían dicho en el Banco Central.

—¿En serio viajaste bastante?

Sí, la charla se enredaba en tecnicismos y quise cambiar de tema. Ahí empezó a hablar de los “buenos tiempos”, cuando no paraba de hacer turismo. Una vez la vendieron por Mielcitas y terminó en las sierras cordobesas —esos meses que estuvo allá hasta se le pegó la tonada—. Valía un chicle CowBoy, eso fue lo que más machacó; después también recordó lo de los Bomky, cuando conoció los parques nacionales del Sur. Con otra chica —es decir, dos monedas de cinco— podían comprar uno de esos chicles superácidos Puaj o un alfajor Vimar —recuerdo haber llevado de esos durante toda la escuela primaria—. Las tiritas Fizz, los Tembleke o las tortuguitas Gody, en cambio, salían unos centavos más.

Tanto ayer como hoy, los precios, los gustos y los tiempos son otros. Ya eran otros en 1930, cuando Roberto Arlt escribió desde Río de Janeiro una decena de aguafuertes para el diario El Mundo. En una de estas crónicas, Elogio de una moneda de cinco centavos, una señora le había regalado una moneda argentina: “los cinco guitas atorrantes con los que arreglamos al mozo de feca en tiempo de crisis”.

billetes y monedas argentinas
Expore via photopin (license)

La garra de los vecinos nuevos


Claro que las crisis también pueden ser, en el mejor de los casos, beneficiosas para la gente. “No conozco de esas”, me retrucó, pálida, la moneda de cinco. “Arriba el ánimo, mi peque. Ya vas a conocer gente y volver a viajar”, le mentí dulcemente. Creo que sospechó que intentaba engatusarla, porque la princesita de cobre se puso a dar vueltas circulares en silencio: cuarenta y tres veces se puso el sol a sus espaldas.

“La calle está difícil”, continuó nueve minutos más tarde, cuando se recompuso. “Cada vez estoy más lejos de la gente y no creo que me quede mucho tiempo de vida”. No pude responderle nada demasiado interesante. Me chupé unos mates largos y amargos hasta que habló del número de la bestia. Del peligro que representa para las presas fáciles como ella.

—Ahora que soltaron al yaguareté ese en las calles, menos todavía me van a sacar a pasear. ¡500! Monedas eran… éramos las de antes.

Tardé unos segundos en caer. Hablaba del yaguareté del nuevo billete de $500.

—No soy la única. A otros amigos les pasa lo mismo. Hemos pasado cada historia con los chicos… con las monedas, los billetes… Incluso con los de otros país. Hoy ya no. Hoy mi vida no vale nada.

Me quebré por dentro, aunque tuve que ocultarlo para no amargarla más todavía. La acaricié en silencio mientras lloraba. Intenté hacerle cosquillas pero no me dejó.

Solamente le deseo larga vida a esta niña de metal, que pueda vivir con dignidad y reencontrarse con los suyos. Porque siempre se dijo que “la plata va y viene”, ¿no? Pero hoy, paradójicamente, la más pequeña de las monedas en circulación ya casi no circula. ¿Qué nos pasó como sociedad, pordió?

Cuando te la cruces por ahí, regalale una sonrisa auténtica o guiñale un ojo y después dejala correr. ¡Por muchos viajes más, monedita!

Comentarios